sábado, 19 de enero de 2008

Investigación cualitativa en América Latina: Perspectivas críticas en salud

Francisco J. Mercado-Martinez, Ph.D., Profesor, Universidad de Guadalajara, Guadajara, Mexico.

Resumen:

La investigación cualitativa es un campo de saberes y prácticas cada vez más difundido en el área de la salud en América Latina. Pocos trabajos, sin embargo, se han preocupado por evaluar la producción generada en la región sobre el tema o las particularidades teóricas u operacionales de los estudios llevados a cabo. Este trabajo examina la investigación cualitativa en salud generada en los países latinoamericanos desde una perspectiva crítica.
Se identificaron tres movimientos regionales en el campo de la salud con una perspectiva crítica e interesados en la investigación cualitativa: la medicina social, los movimientos de base y los estudios socio-culturales. Se hace una caracterización de tales movimientos, se describen las formas como han establecido vínculos con la investigación cualitativa, se presentan ejemplos de estudios empíricos en cada movimiento y se mencionan algunas críticas de que han sido objeto.

Palabras clave: Investigación cualitativa en salud, perspectivas críticas, América Latina

Una versión previa se presentó en la II International Conference for Qualitative Methodologies. International Institute for Qualitative Methodology. Edmonton, Canadá., 23-25 de febrero del 2001

Citation information: Mercado, F. J. (2002). Investigación cualitativa en América Latina: Perspectivas críticas en salud. International Journal of Qualitative Methods, 1 (1), Article 4. Retrieved DATE from http://www.ualberta.ca/~ijqm/
Introducción

Hasta fechas recientes dos paradigmas enfrentados entre sí guiaban la investigación en el campo de las ciencias sociales y de la salud en América Latina: el positivismo y el marxismo. Del primero sobresalía la corriente funcionalista; y una versión económico-estructuralista del segundo. Pero sobre sus diferencias, ambos coincidían en su rechazo a las orientaciones interpretativas (interaccionismo simbólico, fenomenología y etnometodología, entre otras) como formas de acercamiento válidas para estudiar los fenómenos sociales y médico-sanitarios (García, 1983). En consecuencia, la investigación, las metodologías y las técnicas cualitativas solían ser ignoradas, rechazadas o minimizadas por parte de la comunidad científica no importando su adscripción teórica, temática o disciplinaria.
La investigación cualitativa, como campo emergente de saberes y practicas, se difundió y consolidó en Latinoamérica desde principios de la década de los ochenta. El campo de la salud no fue la excepción, tal como ocurrió en los países anglosajones en esa misma época. Diferentes paradigmas y orientaciones se han empleado durante estos años en la región, pero de todas ellas sobresalen ciertas vertientes críticas y, en menor grado, la fenomenología y el interaccionismo simbólico (Gastaldo, Mercado, Rasmasco, & Lizardi, en prensa).
La producción generada hasta el momento en este campo ha sido de enorme riqueza en algunas áreas debido al esfuerzo de investigadores aislados y grupos de trabajo (Denman & Haro, 2000). Sin embargo, hasta el momento no se cuenta con una evaluación sistemática de la producción en su conjunto, ni de las orientaciones teóricas, las temáticas, o las experiencias generadas en las diferentes disciplinas, incluyendo las de la salud. Por tales motivos, el propósito de este trabajo es examinar los principales movimientos regionales en el campo de la salud con una perspectiva crítica que se han vinculado a la investigación cualitativa.
Los movimientos: semejanzas, diferencias y supuestos
Dada la multiplicidad de connotaciones existentes en las distintas ciencias, disciplinas y autores aquí incluidos, entendemos el término "perspectiva crítica" como un concepto "paraguas" en el cual confluyen posturas de trabajos influenciados por el pensamiento marxista, neo-marxista, la teoría del conflicto, la teoría social crítica, el posmodernismo y el postestructuralismo. Se trata, en otras palabras, de orientaciones con una perspectiva cuyo interés es el cuestionamiento del estatus quo y, tal como lo señala Kincheloe y McLaren (2000), está ligada a intentos por confrontar la injusticia en una sociedad determinada ó en la esfera pública de dicha sociedad.
El término movimiento lo entendemos en este trabajo como una corriente de opinión o tendencia con unidad en cierta época, el conjunto de las personas pertenecientes a ella asi como las actividades que se llevan a cabo y sus obras (Moliner, 2000)
Encontramos tres movimientos con una perspectiva crítica que se han vinculado y/o llevado a cabo estudios cualitativos en el campo sanitario en América Latina.1 Ellos son la medicina social, los movimientos populares o de base y los estudios socio-culturales.2 La referencia a estos tres movimientos en la región da cuenta de procesos en el campo sanitario que incluyen propuestas teóricas y prácticas y cuya génesis se da en forma relativamente independiente, cada uno con su propia evolución, con sus propuestas teóricas y de trabajo definidas en términos amplios y en donde participan profesionales de diversa índole.3 Y, antes que nada, donde suele haber un sentimiento de pertenencia o identificación a dicho movimiento. También reconocemos que ciertos estudios y/o autores pudieran combinar elementos de dos o tres movimientos lo cual hace que las fronteras entre ellos sean borrosas con cierta frecuencia. Tales movimientos pueden coincidir en ciertos rasgos e incluso manifestar antecedentes comunes, pero cada uno ha surgido y evolucionado en forma independiente y todo parece indicar que seguirán su camino por vías separadas.
Diferentes profesionales de la salud y de las ciencias sociales y humanidades se han involucrado en estos movimientos, sin embargo, predominan los científicos sociales, los médicos y los psicólogos. La participación de profesionales de enfermería, odontología, nutrición y trabajo social, por mencionar los más numerosos, ha sido marginal en todos los países, exceptuando el caso brasileño donde las enfermeras han destacado por sus aportes en este campo. Frente a tal situación, hemos intentado incluir trabajos de académicos del mayor número de disciplinas de la salud.
La investigación cualitativa en salud, por otra parte, no se distribuye de forma homogénea en la región. La misma se ha concentrado en unos cuantos países, sobre todo en Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, México y Venezuela (Mercado, Villaseñor, & Lizardi, 2000). Este panorama parece reproducirse en los movimientos aquí analizados según se desprende de los datos expuestos a continuación.4
Este trabajo dista de presentar una visión exhaustiva de tales movimientos, de la producción cualitativa generada en cada uno de ellos. Los estudios aquí referidos sólo sirven como ilustración de los señalamientos expuestos. Aunado a ello, manifestamos nuestra coincidencia con Menéndez (en prensa) cuando señala las frecuentes inconsistencias observadas entre los marcos teóricos y los datos de los estudios cualitativos de corte empírico publicados en la región. No obstante su importancia, este tema tampoco será objeto de una revisión exhaustiva en este trabajo.

La medicina social

La medicina social es un movimiento que ha hecho contribuciones importantes a la investigación, la enseñanza y la práctica médica durante varias décadas en América Latina (Waitzkin, Iriart, Estrada, & Lamadrid, 2001a). Se trata de un movimiento con gran arraigo en la región, cuyas primeras expresiones se encuentran en las primeras décadas del siglo XX, y que ha evolucionado con variantes tanto en su forma como en su contenido. Tal situación se refleja, solo por poner un ejemplo, al emplear denominaciones de distinta índole, pero con una connotación muy semejante. Entre ellas destacan las de salud colectiva, epidemiología crítica y epidemiología social comunitaria.5 Todas coinciden en la necesidad de hacer una distinción radical entre sus propuestas y alcances cuyo eje se centra en la primacía de lo social frente a otras tendencias como la salud pública, la medicina comunitaria, la epidemiología e incontables propuestas académicas cercanas.
La mayoría de los autores ubican el origen de este movimiento en Europa central a mediados del siglo XIX. Por lo común se alude a los trabajos pioneros de Rudolph Virchow en Alemania quien sustentó sus propuestas de cambio a partir de sus estudios sobre el impacto de las condiciones sociales en la salud y la enfermedad de la población. Pero también se remite con frecuencia a los trabajos de otros autores del siglo XIX y principios del XX, entre los que destacan los de Engels, sobre todo con su trabajo sobre las condiciones de la clase trabajadora en Inglaterra.
Múltiples factores fueron los estímulos que permitieron la implantación y consolidación de la medicina social en América Latina a lo largo del siglo XX, sobre todo en la segunda mitad. Entre ellos destacan la revolución cubana y nicaragüense, numerosos movimientos sociales y políticos regionales, tales como el gobierno de Allende, la Teología de la Liberación y como sustrato importante de todos ellos las condiciones ancestrales de pobreza, desnutrición, y las condiciones de vida inadecuadas de la mayoría de la población.
Este movimiento refleja un amplio espectro de enfoques académicos y políticos que han logrado convertirse en referencia obligatoria para el análisis de las condiciones de salud de la región así como de búsqueda de alternativas sanitarias, frente a las políticas gubernamentales en curso. Pero quienes se involucran en este movimiento se han visto influenciados por el marxismo o corrientes neo-marxistas, así como por otros movimientos política e ideológicamente cercanos ligados a propuestas de cambio social. Por tales motivos, sus esfuerzos se han dirigido a la transformación de las condiciones de salud de la población y de las políticas sanitarias como parte del cambio social global.
La medicina social, siguiendo los señalamientos de Waitzkin, Iriart, Estrada, y Lamadrid (2001b), generalmente enfatiza un enfoque crítico que incorpora de las ciencias sociales en su análisis de la salud y la enfermedad. La teoría marxista o neomarxista ha sido la perspectiva dominante en este movimiento, razón por lo cual generalmente se asume una actitud crítica ante las condiciones de salud de la población, los servicios de salud y la sociedad en su conjunto.
Muchos académicos adscritos a este movimiento han hecho contribuciones importantes a nivel teórico, aunque también se ha generado una producción importante a nivel empírico.6 Cuatro áreas suelen ser consideradas como el objeto y la práctica de este movimiento: los determinantes de la producción social de la enfermedad y de la organización social de los servicios de salud, el saber médico y la formación de recursos humanos en salud. Por otro lado, entre los temas más explorados se encuentra el impacto de las políticas sociales y estatales sobre la salud y la atención médica, los determinantes de la salud enfermedad, el trabajo y sus efectos sobre la salud-enfermedad y los perfiles epidemiológicos por clase, grupo social y tipo de sociedad (Nunes, 1986). Las categorías más empleadas, a su vez, son las de modos de producción, clase social, proceso productivo y reproductivo, y proceso de trabajo. Según se desprende de lo anterior, se trata de una perspectiva que se interesa por destacar los determinantes históricos y macro-sociales de la salud-enfermedad.
Quienes se adhieren a este movimiento por lo común enfatizan el compromiso social, esto es, destacan la necesidad de combinar el trabajo médico clínico, el científico y el intelectual con la acción política. La praxis política, entendida como la unión de la teoría y la práctica en la vida diaria, suele ser ampliamente reconocida y valorada, razón por la cual los participantes suelen ligar su práctica médica profesional con tal acción política. En el terreno concreto de la vida cotidiana, ello se traduce en la colaboración de estos académicos con los sindicatos, las organizaciones comunitarias, los partidos y gobiernos de izquierda y, en algunos casos, con movimientos cercanos a la guerrilla. Y aunque sus espacios de inserción laboral suelen ser las universidades, ocurren desplazamientos con cierta frecuencia, sea a organismos gubernamentales o internacionales, tal como la Organización Panamericana de la Salud.7
La investigación cualitativa no fue un tema de preocupación tradicional de la medicina social Latinoamericana. Y no es sino hasta fechas recientes que se ha manifestado cierto interés por explorarla a partir de problemáticas muy específicas. La tradición interpretativa y fenomenológica, inclusive, ha sido fuertemente cuestionada por autores adscritos a este movimiento (García, 1978; Breilh, 1995). Bien es cierto que los estudios empíricos de vez en cuando solían utilizar las llamadas metodologías participantes o variantes del análisis como el del discurso. Sin embargo, por lo común se solían emplear las metodologías y las técnicas de investigación tradicionales.
Desde la década de los ochenta, sin embargo, un número creciente de académicos adscritos a este movimiento han enfatizado la necesidad de evaluar los supuestos teóricos, las metodologías y las técnicas empleadas comúnmente por la medicina social. Para algunos integrantes, incluso, este movimiento no solo debería estar más abierto a otras perspectivas teóricas, sino también revisar la pertinencia de incorporar otras estrategias de trabajo como la etnografía, los estudios de caso y la teoría fundamentada. A pesar del rechazo de ciertos sectores de la medicina social por avanzar en esa dirección, se han dado avances importantes en varios frentes según se desprende de los siguientes datos.
A nivel teórico, académicos como Breilh (1995) proponen analizar el debate cualitativo cuantitativo como parte de un conflicto más amplio, esto es a nivel ideológico. De acuerdo a su postura, el positivismo suele ser criticado desde diferentes teorías interpretativas. Pero aún cuando se concuerda con tal crítica, no olvida que las tendencias interpretativas también son objeto de críticas por ser otra faceta del idealismo y por ser las bases del punto de vista hegemónico. Para este mismo autor, el asunto de las técnicas empleadas puede ser entendido en otro nivel y formularse en los siguientes términos "no hay una ciencia cualitativa ni una cuantitativa, tampoco hay un método cualitativo y uno cuantitativo. Existe la necesidad de incorporar, dialécticamente, técnicas capaces de estudiar datos cualitativos y otras capaces de manejar datos cuantitativos".
No existe una propuesta teórica, metodología ó técnica de índole cualitativa que haya sido empleada en forma unánime en la medicina social. De hecho, coexisten varias propuestas, unas más empleadas que otras. Una de las más reconocidas es la llamada metodología participante vinculada al Modelo Obrero italiano la cual se ha empleado en numerosos estudios, sobre todo aquellos relativos al proceso de trabajo y la salud (Laurell, 1984, Laurell, Noriega, Martínez, & Villegas, 1992). Para Echeverría (1992), solo por poner un ejemplo de este movimiento, temas como los del trabajo y los riesgos a la salud deben ser estudiados usando la denominada metodología participante en dos sentidos. Acorde a tal propuesta, el investigador con una orientación crítica debe identificar las características centrales del proceso de trabajo, la forma como funciona y los riesgos a la salud en las diferentes fases. También debe formular preguntas a fin de identificar los principales problemas. Los trabajadores, por su lado, son elementos fundamentales para identificar los principales problemas laborales. Por ello, su participación no puede ser ocasional. Recordando la propuesta del modelo obrero italiano, la misma autora concuerda con la idea de que los técnicos saben como y dónde medir, pero los trabajadores saben cuando. Siguiendo tal razonamiento se reconoce que las técnicas empleadas pueden variar dependiendo de múltiples factores. Para ejemplificar tal señalamiento, en el caso del proceso de pesca podría ser de utilidad el empleo de entrevistas individuales, mientras que en el fabril podrían ser de mayor utilidad las entrevistas colectivas.
A pesar de la tradicional reticencia de varios académicos de la medicina social por la investigación cualitativa en lo general, hoy día se han establecido vasos comunicantes en varios sentidos. Quienes desde la medicina social se han abocado a estudiar temas como los del género, la participación popular o las enfermedades emergentes, tipo Sida, es una práctica común hacer uso de metodologías cualitativas, sea para la obtención o el análisis de la información. Sin embargo, se presentan retos y dificultades que no pueden ser pasados por alto. Entre otros, no se puede olvidar la urgente discusión tendente a profundizar en las compatibilidades teóricas de posturas neomarxistas, postestructuralistas, crítico-interpretativas o feministas que reconocen la utilidad de la investigación cualitativa frente a un pensamiento marxista ortodoxo que se convirtió en la corriente hegemónica de la medicina social durante décadas y persiste en algunos círculos. En este sentido, uno de los grandes retos a enfrentar es como articular la dimensión subjetiva y los procesos de significación e interpretación, esto es fenómenos ubicados en el nivel micro social en el marco de las preocupaciones tradicionales por lo macro social o estructural (Minayo, 1997). Quedan también por resolver temas ligados a la pertinencia de las técnicas y los procedimientos empleados para la obtención y análisis de los datos en muchos de estos estudios. Entre otras cosas, porque pocas veces se ha mostrado la "caja negra" capaz de explicitar los pasos y estrategias empleadas en el manejo y análisis de la información (Mercado, 2000).

Los movimientos de base

Otro movimiento en el campo de la salud íntimamente ligado a los sectores populares, campesinos e indígenas en América Latina es conocido bajo la denominación genérica de movimientos populares o de base. Se trata de una propuesta impulsada por diversas organizaciones, entre las que destacan los organismos no gubernamentales. Tales organizaciones también presentan diferencias internas importantes que se expresan de múltiples formas; aquí sólo revisaremos aquella relativa a la investigación. De las múltiples denominaciones empleadas, destacan las de investigación participativa, investigación acción, investigación alternativa, diagnóstico participativo e investigación de base. Aquí usamos el término de investigación-acción participante por ser el que genera el mayor consenso y ser el más difundido en la región.8
Múltiples fuentes de inspiración subyacen en el origen y difusión de los movimientos de base, y en particular en la denominada investigación-acción participante. Los autores adscritos a ellos no coinciden totalmente al hacer referencia en el tema. Sin embargo se suelen destacar, aunque mencionados sin orden de prioridad, las contribuciones de Paulo Freire en su propuesta de educación popular y concientizadora (Freire, 1975), las aportaciones posteriores de Borda (1982 ), Brandao (1982 ) y MartínBahró (1983 ), aunado a los incontables movimientos políticos, sociales y religiosos acaecidos a nivel regional, ciertos movimientos populares y un clima intelectual crítico al positivismo que se nutrió desde la psicología social hasta el marxismo ortodoxo y las teorías de la dependencia así como cuestionamientos a las ciencias sociales y al papel tradicional de los académicos, incluso a muchos con una perspectiva crítica.
Los movimientos de base, incluyendo la investigación acción participante, no tiene como objeto prioritario de estudio y trabajo los asuntos sanitarios. Por lo general se trata de proyectos con grupos, sectores y comunidades específicas, pero enmarcados en programas más amplios, sean relativos al campo productivo, al consumo o a la educación cuyo interés suele ser el cambio social o la solución de necesidades específicas de tales conjuntos sociales. De hecho, pocos trabajos de base se centran exclusivamente en temas de la salud por lo cual no es raro encontrar participantes de diversos antecedentes disciplinarios, académicos y políticos. Tampoco suelen compartir las mismas preocupación de quienes se insertan en el mundo académico; de hecho, por lo común se suele tomar cierta distancia de la academia.
Tarea nada fácil es hacer una caracterización de esta corriente dadas las tendencias existentes a su interior en cuanto a sus orientaciones, propuestas y enfoques. Empero, ciertos rasgos destacan entre quienes se adscriben a ella como se puede constatar al hacer referencia a la investigación-acción participante en particular.
La investigación-acción participante se opone tanto al modelo positivista o tradicional de hacer ciencia como a ciertos modelos interpretativos tan en boga entre los intelectuales. Se opone a ellos en varios sentidos, tal como al cuestionar y rechazar el papel dominante que suele ejercer el investigador a lo largo del proceso de investigación, en la definición del problema a estudiar, en las relaciones desiguales que establecen los investigadores con los participantes o informantes del estudio y en el destino de los resultados encontrados (Hersch, 1987). Haciendo referencia a este punto, Hollanda (en prensa) critica la práctica común de los investigadores y define su propia posición en los siguientes términos "nuestra postura no es el deseo de elaborar ‘papers’ destinados a los archiveros o con fines de lucimiento; tratamos de ubicar nuestro trabajo en sintonía con las necesidades populares". Otra característica es su énfasis en la recuperación de la perspectiva y acción de los sujetos involucrados en el estudio tanto en cuanto a la generación del conocimiento como en la transformación de la realidad. Esto es, más que entender a los participantes ó informantes como objetos del estudio, se les considera como actores sociales con capacidad de interpretar y transformar el mundo. Por ello, la participación activa y efectiva de la población en el proceso de generación y aplicación del conocimiento reviste máxima prioridad. Para muchos de los aquí involucrados, empero, no se trata de un compromiso con la totalidad de la población; los grupos de mayor interés y atención son "la mayoría", esto es, los desposeídos, los pobres o los excluidos social y económicamente.
Rasgo adicional de este movimiento es el reconocimiento de que los problemas de salud y sanidad y los cambios a implementar no suelen ser vistos como asuntos de competencia individual. Tales problemas y cambios se entienden en el marco de las condiciones materiales y sociales en que se encuentran los individuos, los grupos y la misma comunidad.
Este movimiento no tiene como interés primordial la publicación de los resultados o la exposición de sus fundamentos teóricos, epistemológicos o metodológicos. Más que publicar, su objetivo central se dirige a la transformación de la realidad social y la socio-sanitaria. Ello explica, en parte, la escasa producción teórica generada tanto en el área sanitaria como en otras áreas. Tal falta de interés también se expresa en la nula o mínima descripción de la metodología empleada en los trabajos que se llevan a cabo a pesar de la participación de múltiples actores sociales en el proceso de la investigación y en la habitual combinación de técnicas participativas en la obtención de la información.
No existe una postura explícita en este movimiento sobre la investigación cualitativa. Quienes aquí se adscriben, sin embargo, suelen adoptar una posición favorable hacia la misma, por lo menos en cuento el empleo de ciertas herramientas de trabajo. El interés por conocer e indagar la perspectiva de la comunidad o de los grupos más desfavorecidos o excluidos socialmente hace que la investigación cualitativa sea considerada como una estrategia valiosa de trabajo. Por tales motivos, diversas técnicas cualitativas de obtención y análisis de la información suelen ser incorporadas en los trabajos de quienes se insertan en este movimiento, destaca la utilización de varias modalidades de participación popular.
Un estudio realizado en Guatemala puede ser de utilidad para ejemplificar ejes de preocupación de quienes se adscriben a este movimiento. El objetivo del estudio de Orozco (2000) es analizar la situación epidemiológica, ambiental y socio-económica de la población y conocer la oferta y demanda de los servicios de salud. La metodología descrita da cuenta de un proceso cuya pretensión es llevar a cabo una investigación distinta a las del modelo académico convencional, sobre todo al involucrar a diversos actores sociales en el estudio. Según la autora, se involucraron en esta investigación 8 entidades estatales y 21 no gubernamentales, más de 100 comunidades de 12 municipios, 19 promotores de salud así como 10 personas externas. En cuanto a la obtención de la información, además de la revisión de fuentes secundarias y entrevistas al personal de salud, se realizó un diagnóstico mediante entrevistas grupales y talleres comunitarios bajo la responsabilidad de trabajadores comunitarios de salud. La autora no explica las formas, mecanismos y dificultades enfrentadas en la participación de tales actores, ni las relaciones establecidas entre el equipo de investigación y los mismos asesores.
Varias observaciones críticas se han formulado a quienes participan en este movimiento. Además de la escasa difusión escrita de los resultados encontrados, prácticamente no se cuenta con información sobre el sustento, el tipo, las modalidades y las características de las estrategias empleadas por quienes participan en tal proceso. De hecho, y a diferencia de la medicina social, pareciera que su compromiso con la población y con la práctica suele acompañarse de cierta despreocupación u olvido por los asuntos teóricos. Tampoco se cuenta con datos suficientes sobre las ventajas y obstáculos de la participación comunitaria en este tipo de investigación, ni de los cambios logrados empleando esta vía como tampoco de sus fracasos. Además, al tener como eje central la perspectiva de la población en el estudio y el cambio social, la investigación cualitativa pareciera ser la estrategia por excelencia para llevar a cabo este tipo de trabajo. Sin embargo, poco se conoce sobre la forma de concebir dicha relación o de alguna agenda de trabajo para avanzar en tales cuestiones.

Los estudios socio-culturales

Los dos movimientos anteriores tienen diferencias internas importantes; pero éstas suelen ser minimizadas en tanto se encuentra un rasgo de homogeneidad interna fundamental. La razón de ello radica en que quienes se adscriben a ellos comparten un sentido de pertenencia al movimiento respectivo. Quienes se han adscrito a este tercer movimiento denominado como los estudios socio-culturales, difícilmente se reconocerían como integrantes de un ente unitario o coincidirían en términos académicos con los otros autores ubicados en el mismo rubro, por no hacer referencia a sus remotas coincidencias sociales, políticas o ideológicas. A pesar de ello, varias razones se han tenido en consideración para englobarlos bajo la misma categoría.
Este movimiento está en estrecha relación al mundo académico y sus orígenes tienen como trasfondo los procesos educativos implementados en la región a partir de la década de los ochenta del siglo XX. Los autores aquí incluidos coinciden en varios sentidos: en manifestarse contra el positivismo y el estructuralismo marxista, en su escepticismo de los productos escritos de quienes participan en los movimientos de base, así como en su crítica a las corrientes interpretativas. Su origen es de lo más heterogéneo en tanto provienen de las más diversas disciplinas; empero manifiestan gran interés en los aportes recientes de las ciencias sociales, sobre de aquellos ligados a ciertas posturas críticas.
Todo(a)s se adscriben de forma diferente a una serie de posturas teóricas ampliamente difundidas en las últimas décadas en los países centrales, pero fundamentalmente destaca la recuperación de las aportaciones teóricas de ciertos pensadores europeos. Entre ellos se menciona a Foucault, Derrida, Vygotsky, Bathkin, Habermas, Merleau-Ponti, y Bourdieu, por mencionar los más citados. Entre las perspectivas teóricas más empleadas, a su vez, se encuentran el posmodernismo9 el postestructuralismo10 (Gastaldo, 1997), el feminismo11 (Szas, 1997; da Silva, Lago, & Ramos, 1999), los estudios culturales12 (Meyer, 2000), el modelo social cognitivo (Alves, 1993), el abordaje hermenéutico (Castro, 2000), el crítico interpretativo (Mercado, 1997), la postura hermeneutico dialéctica (Minayo, 1997) y el construccionismo social (Amuchástegui, 2000). De acuerdo a tales posturas teóricas, pero a diferencia de las de quienes se adscriben a los dos movimientos anteriores, una preocupación central de estos académicos, con sus variantes y énfasis, es su interés por vincular varias dimensiones de la realidad, tal como la microsocial y subjetiva con la dimensión macro-social, esto es, con las estructuras económicas y sociales.
Los temas de investigación a que suelen dedicar la atención estos académicos son de lo más variados en el campo de la salud. Pero más que hacer énfasis en la dimensión teórica, los mismos también suelen asignarle gran importancia a los datos empíricos. De hecho, ésta pareciera ser una de sus contribuciones más importantes, sin desconocer las relativas a la metodología. Entre los temas reiteradamente estudiados en la región destacan los relativos al género, la masculinidad, la violencia, el Sida, la salud reproductiva, la salud de los adolescentes con sus múltiples tópicos derivados: prácticas anticonceptivas, embarazo no deseado, relaciones sexuales prematrimoniales, y el aborto, entre muchos otros. Pero nada raro es que entre sus temas de estudio se encuentren aquellos que son objeto de preocupación y financiamiento de las agencias, entre las que destacan las del primer mundo,13 aunque también se cuenta con fuentes de financiamiento diversificadas.
Pero otros temas también aparecen en la agenda de los académicos adscritos en este movimiento. Entre otros tópicos prioritarios se encuentran los de las prácticas subjetivas, la otredad, la reflexividad, la corporalidad, la dimensión ética, el compromiso con los participantes, y los procesos de significación.14 Todo ello se suele enmarcar en el marco de otras preocupaciones relativas a procesos macro-económicos y sociales, tal como la clase social, la desigualdad social, la pobreza o el acceso diferencial a los recursos materiales y simbólicos (Grassi, Raggio, & Montes, 1996).
Además de incluir a una generación de académicos relativamente más jóvenes en su conjunto respecto a los movimientos anteriores, este movimiento incluye a profesionales que por lo común se forman y/o están en contacto con centros educativos o de investigación del primer mundo, sobre todo de los países anglosajones y francófonos.15 Las relaciones que establecen y se preocupan por reproducir son de diversa índole, pero destacan las de investigación, asesorías ó financiamiento. Su perfil académico, en consecuencia, suele ser diferente al de lo anteriores. Suelen contar con una calificación académica más alta, medida en cuanto a la obtención del grado en un doctorado, y tener una productividad relativamente mayor, medida en cuanto al número de publicaciones y la obtención de financiamiento externo, comparada con la de los académicos de su medio. También suelen tener más acceso a los programas de apoyo a lo(as)s investigadore(a)s implementados en un número creciente de países de la región.16
La preocupación por la investigación y los métodos cualitativos viene a ser parte consustancial de los supuestos epistemológicos, teóricos, metodológicos, éticos y políticos de los académicos adscritos a este movimiento. Y sea cual fuese la postura adoptada (postestructuralismo, feminismo, construccionismo social, etc.) la coincidencia entre ellos radica en el reconocimiento de la obligatoria y necesaria incorporación de los datos cualitativos o su combinatoria con los datos cuantitativos en el quehacer de la investigación. Más aún, práctica nada rara es la imposición de métodos cualitativos por parte de ciertas agencias financiadoras en las investigaciones que apoyan. Resultado de todo ello es la adopción de una postura no sólo favorable sino de franca defensa de la mirada cualitativa lo que ha terminado por conformar un grupo con cierto peso académico en la región.
Numerosos estudios se han llevados a cabo bajo esta perspectiva en Latinoamérica, bajo las orientaciones teóricas mencionadas y en torno a temáticas de la más diversa índole. Tal como sería la construcción social del discurso médico, la maternidad, el trabajo de enfermería, los padecimientos crónicos, etc. Apoyada entre otras instancias por el Population Council, Amuchástegui (2001), por presentar apenas un estudio adscrito a este movimiento, estudia la construcción social de la sexualidad en México desde la óptica del construccionismo social. Entre otras preocupaciones en la realización de su trabajo, la autora destaca la de su rol como investigadora y las relaciones de poder que establece con sus informantes en el trabajo de campo, la relación entre su perspectiva y la de los participantes, el reconocimiento de tales participantes como analistas sociales cuya posición, a veces, impugna y desafía la del(a) investigador(a). La elección del método cualitativo para realizar este estudio se explica por ser el procedimiento más coherente para indagar los procesos subjetivos sociales vinculados con la construcción del significado.
Los autores adscritos a este movimiento también han sido objeto de observaciones críticas. Entre otras, se les ha reprochado su sobre-énfasis en las cuestiones académicas, su falta de compromiso con las necesidades sociales y económicas de los grupos mayoritarios de la población, su "apoliticidad" en términos de su poca vinculación con los partidos políticos y los movimientos laborales u obreros, su reconocimiento como académicos sobresalientes pero su falta de compromiso social y, sobre todo, su capacidad de explorar el mundo de las relaciones cotidianas y subjetivas pero su gran desconocimiento, omisión o exclusión de los procesos sociales, económicos e históricos en que se enmarcan ellos mismos ó de las relaciones que establecen no sólo con los participantes de los estudios sino con otros actores sociales con quienes tienen contacto en su vida diaria. Dicho en otras palabras, de reproducir con cierta frecuencia las relaciones de desigualdad con los sujetos con quienes suelen estar en contacto.

Consideraciones finales

El propósito de este trabajo ha sido presentar los principales movimientos latinoamericanos en el campo de la salud con una perspectiva crítica que han establecido vínculos o lazos de colaboración con la investigación cualitativa. Varias consideraciones finales se desprenden de lo expuesto en las páginas previas.
Académicos liberales, progresistas o de izquierda provenientes de las ciencias sociales y de la salud han formulado severas críticas a ciertos modelos y orientaciones vinculadas a la investigación cualitativa. Reconociendo tal postura, los tres movimientos regionales aquí identificados en el área de la salud con una perspectiva crítica han establecido puentes de colaboración con la investigación cualitativa, aunque con posturas, énfasis y matices diferentes. Ninguno de ellos cuenta hoy día con una propuesta teórica o un modelo empírico de trabajo; sin embargo, cada uno ha establecido cierto tipo de colaboración de forma muy puntual y en sus propios marcos de trabajo.
Ciertas coincidencias y discrepancias entre los tres movimientos parecen ser de importancia para explicar las particularidades de dicha vinculación. Entre otras coincidencias de la medicina social, los movimientos de base y los estudios socio-culturales destaca su interés y compromiso por los conjuntos sociales más desfavorecidos de la sociedad; su afán por favorecer el cambio social, ciertas semejanzas en sus antecedentes y fuentes de inspiración, entre las que destacan el marxismo, el neo-marxismo y la teoría social crítica.
Estos movimientos, a su vez, tienen diferencias importantes que parecen influir en la forma como establecen sus vínculos con la investigación cualitativa. Entre otras cabría destacar las variaciones en cuanto a la población objeto de su interés. La medicina social suele interesarse más por la clase ó grupo social y la sociedad en su conjunto y en el terreno operativo su énfasis se centra en el movimiento obrero y en el partido político. Quienes se adscriben a la investigación-acción tienen un gran compromiso con la comunidad ó el grupo de producción o consumo con el cual participan, tal como los productores de determinado producto, ó con conglomerados sociales con interés en el mejoramiento de una situación considerada problemática. El tercer movimiento, en cambio, suele preocuparse más por el rigor de la investigación o por los participantes del estudio y, en menor grado, por la comunidad en su conjunto o los conjuntos sociales. También suele centrar su interés en la asociación o agrupación relacionada con su objeto de indagación, sean las adolescentes embarazadas, los enfermos con determinado padecimiento o los ancianos con problemas específicos, entre muchos otros. Dicho lo anterior en términos sumamente esquemáticos: los primeros tienden a asemejarse a los militantes, los segundos a los activistas y los terceros a los académicos.
Pero también se encuentran otras diferencias en cuanto a sus intereses teóricos y prácticos. Mientras que la medicina social hace énfasis en la dimensión teórica de los problemas o los procesos socio sanitarios, los segundos critican lo que llaman el teoricismo de los primeros y los terceros, motivo por lo que enfatizan el componente vinculado a los problemas de la vida diaria. Los terceros resaltan la dimensión teórica pero enfatizan la necesidad de contar con datos pertinentes para sus respectivos objeto de estudio, aunque no necesariamente para implementar acciones de tipo político ó social con determinados grupos, movimientos o conjuntos sociales. Sus interlocutores suelen ser otros académicos interesados en temas semejantes.
Los aportes de la medicina social, la investigación acción participante y los estudios socio-culturales han permeado y enriquecido la discusión sanitaria en América Latina, a pesar de los esfuerzos de integrantes del modelo médico hegemónico por minimizar o suavizar sus críticas. Y no obstante las diferencias teóricas, metodológicas y operacionales entre ellos, los avances logrados hasta el momento muestran que la combinatoria que han hecho con la investigación cualitativa se ha convertido en una estrategia crítica y de gran potencial para impulsar cambios en el campo sanitario; sobre todo por su énfasis en conocer e incorporar la perspectiva de los actores sociales involucrados, en particular de aquellos cuya voz tradicionalmente había sido excluida.
Dadas estas coincidencias, y ante los contactos establecidos hasta el momento, queda por indagar si dichos puentes de colaboración entre estos movimientos y la investigación cualitativa habrán de consolidarse en el futuro o si habrán de diluirse ante las dificultades para coincidir en términos teóricos, operacionales, políticos o ideológicos.

Notas

1. La información disponible para la elaboración de este ensayo consistió en cerca de 250 trabajos. Los mismos se obtuvieron mediante la revisión de las bases de datos Medline, Lilacs, Scielosp, Medcaribe, Periódica y Artemisa. Además de las publicaciones seriadas, también se recuperaron materiales no seriados y se tuvo contacto con académicos de la región.
2. Optamos por centrar el análisis en estos movimientos porque, además de haber logrado su propia identidad con el paso de los años, suelen incluir a profesionales de diversas disciplinas y llevar a cabo actividades extra académicas. Disciplinas como la antropología de la salud, la sociología médica y la psicología social también podrían ser objeto de un estudio semejante dadas sus contribuciones académicas al campo. Sin embargo, descartamos cualquier intento por priorizar la entrada disciplinaria porque nuestro interés se dirigía a dichos movimientos al ser instancias más amplias e inclusivas. Tal decisión no implica que asumamos la existencia de puntos de vista homogéneos entre quienes hemos adscrito a tales movimientos, tampoco sucede entre quienes se adscriben a determinadas disciplinas.
3. Durante meses consideramos la psicología social crítica como un cuarto movimiento. Motivos diversos nos obligaron a dejar de considerarla, siendo uno de ellos relativo a su orientación disciplinaria al incluir básicamente a los psicólogos sociales.
4. Por motivos que podrían ser objeto de estudio de otro trabajo, la producción académica cubana ha sido escasa y marginal en estos movimientos. Un dato al respecto. Sólo un par de trabajos de académicos cubanos aparece en la selección de los textos de la medicina social latinoamericana elaborada en un proyecto de la Universidad de Nuevo México a que haremos alusión más adelante. El comité de selección, contra lo que pudiera pensarse, estuvo compuesto mayoritariamente por académicos latinoamericanos de la misma medicina social.
5. Aquí utilizamos el término de medicina social por ser el más difundido en la región. También se le ha conocido en ciertos medios académicos con la denominación genérica de ciencias sociales aplicadas a la salud, o como economía política de la salud.
6. La Universidad de Nuevo México lleva a cabo un proyecto con la finalidad de difundir en la internet parte de dicha producción. Ver al respecto: http://hsc.unm.edu/lasm/index.html
7. Dos mujeres, ambas ex coordinadoras de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social (ALAMES) ocupaban a mediados del año 2001 la cabeza de dos secretarías de salud importantes en la región. Una dirigía el Ministerio de Salud de Venezuela, la otra se encargaba de la Secretaría de Salud de la ciudad de México. Sin entrar en la polémica para ubicarlos, ambos gobiernos eran de centro izquierda o izquierda.
8. Este trabajo no revisa la enorme producción generada en la región relativa a la participación de la comunidad o la de ciertos actores sociales. Si bien tal asunto es inherente a los movimientos populares o de base y ha sido objeto de atención de los profesionales de la sociología, el trabajo social y la psicología social (Sánchez, 2000), aquí se deja de lado el tema en tanto su discusión llevaría a una discusión más vinculada al mundo académico que al de los propios movimientos de base.
9. Corriente de pensamiento que remite a autores y posiciones de diversa índole, pero que suele destacar la obra de Jean Francois Lyotard. La teoría social posmoderna se refiere en función de la teoría social moderna al rechazar el fundamentalismo de esta última. La misma suele adoptar una posición relativista, irracional y nihilista (Ritzer, 2000).
10. Movimiento intelectual cuyo origen se ubica en Francia. También se le reconoce como vanguardia del pensamiento posmoderno. Se trata de una práctica que sostiene la crisis de la razón y de la ciencia, entre otras cosas. Foucault, Derrida y Balleubriand son reconocidos como sus exponentes más destacados (Reynoso, 1998).
11. Corriente de pensamiento con diversas vertientes a su interior, pero que coincide en destacar el dominio masculino en la historia de la humanidad, incluyendo en el campo de la ciencia. Entre sus conceptos fundamentales se encuentran los del patriarcado, género y poder. El proyecto feminista por lo común propone la creación de un mundo libre de opresión (Spinks, 1999)
12. Movimiento intelectual cuyo objeto de estudio es la cultura ordinaria de la propia sociedad del(a) investigador(a). En cuanto a su orientación metodológica, retoma las técnicas del trabajo etnográfico pero utiliza múltiples estrategias dado su interés en las sociedades industrializadas complejas. Una de las vertientes más conocidas se liga a la escuela de Birminhan y en particular a la obra de Stuart Hall. Esta investigación se caracteriza por ser histórica, autoreflexiva, crítica, interdisciplinaria, estar en conversación con la gran teoría, centrarse en lo global y lo local y tener en cuenta los discursos cotidianos, históricos, económicos y políticos (Denzin NK, Lincoln YS (2000).
13. Entre las agencias que han apoyado no solo la realización sino también la publicación de un buen número de trabajos sobre temas sanitarios en Latinoamérica se encuentran la Ford, la MacArthur, y el Population Council.
14. Muchas de estas propuestas teóricas y metodológicas forman parte de las preocupaciones cotidianas de las ciencias sociales, en particular de la antropología, la sociología y en menor grado de la psicología. El tema, sin embargo, merece ser objeto de estudio en otro momento.
15. Un fenómeno diferente ocurre durante la última década con un número creciente de académicos latinoamericanos cuya formación se da en España. Por razones que también ameritarían ser objeto de estudio, tales académicos parecen no compartir los rasgos esenciales de quienes se adscriben a este movimiento.
16. Desde principios de la década de los noventa la mayoría de los países de la región dieron inicio a programas de estímulos a la productividad académica. Aquellos académicos con acceso a tales programas obtuvieron apoyos de diversa índole, destacando los económicos. Los ingresos económicos de algunos investigadores, así, se duplicaron o triplicaron a partir de entonces. Por ello, para tener acceso a tales programas se debe aumentar la productividad o sostenerla.

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Las ciencias sociales y la salud: un diverso y mutante campo teórico

Roberto Briceño-León
Laboratorio de Ciencias Sociales, Apartado 47.795, Caracas,Venezuela
Dirección para correspondencia
RESUMEN

El artículo estudia la formación del campo disciplinar de las ciencias sociales y la salud, desde sus pioneros en los inicios del siglo 19, plantea el momento relevante de formación del campo teórico a mediados del siglo 20 y formula los tres abordajes fundamentales; la explicación de lo médico por lo social y la explicación de la enfermedad por lo social, que tiene dos vertientes, la perspectiva individualista y a visión estructural y colectiva. Finaliza con una discusión sobre el tipo de vínculo que debe establecerse entre las ciencias sociales y la salud con el fin de crear un nuevo campo teórico denominado las ciencias sociales de la salud.

Palabras-claves: Ciencias sociales, Salud, Enfermedad, Historia social, Teoría
ABSTRACT

The article examines the creation of the social science and health subdiscipline from the time of its pioneers in the early 19th Century, discusses the formation of the theoretical field in the mid-20th Century, and describes its three basic approaches: explanation of the medical dimension by the social one and explanation of disease by social conditions, with two variants – the individualist perspective and the structural-collective one. It concludes with a discussion of the type of linkage that should exist between the social sciences and health, as a basis for the creation of a new theoretical field called the social science of health.

Key words: Social science, Health, Disease, Social history, Theory


Las ciencias sociales involucradas con la salud son un campo relativamente reciente en la historia de la ciencia. Su conformación como área disciplinar y dominio teórico pueden ubicarse en la posteridad de la Segunda Guerra Mundial, pues es a partir de los años cincuenta del siglo 20 que se define su orientación y práctica, a pesar que sus origines pueden ser rastreados mucho antes, pero exclusivamente en el mundo médico y sin impacto específico en las ciencias sociales.
El uso de los conocimientos sociales por parte de los médicos puede trasladarse mucho antes del siglo 20, pero el desarrollo de las ciencias sociales era muy escaso y tenía una muy precaria formalización. A inicios del siglo 20, las ciencias sociales existían en las universidades de unos pocos países de Europa y en Estados Unidos (Wallerstein, 1996); los desarrollos teóricos eran muy escasos; uno no encuentra referencias importantes a la medicina o a la salud en los escritos de los iniciadores de las ciencias sociales, casi nada entre los sociólogos, algo entre los antropólogos y por supuesto más en la psicología, pero en ese tiempo ésta era un área propiamente médica.
Sin embargo, el interés por las condiciones sociales y ambientales que podían dar lugar a la enfermedad existía en la preocupación de muchos médicos, quienes usaban los informes médicos o sus propias experiencias, para construir una explicación que fuese más allá de lo biológico. Es importante destacar que este interés estaba asociado al poco desarrollo de la medicina y de la tecnología médica, es decir, ese médico humanista o con un perfil epidemiológico más completo, que se ocupaba de lo social, lo hacía tanto por la sensibilidad que iba asociada al compadecerse del sufrimiento del otro enfermo, como por las propias limitaciones que tenía en el tratamiento médico. Esta preocupación disminuye con la aparición de los antibióticos, los insecticidas y la fabulosa tecnología médica, y quedó más reservada a los médicos dedicados a la salud pública quienes han tenido siempre unas preocupaciones por las condiciones ambientales y sociales y por las ingenierías que procuran modificarlas.
Los primeros escritos que pueden encontrarse en sociología médica fueron escritos por médicos y no por sociólogos, quizás los más antiguos son los artículos publicados en Francia por Jules Guèrin en 1848 sobre la medicina social y el texto de Charles McIntire sobre la importancia del estudio de la sociología médica publicado en Estados Unidos en 1893, los cuales constituyen los textos pioneros del siglo 20 (Nunes, 1999). Ya en los inicios del siglo 20 circularon dos libros con el mismo título de Medical sociology, uno de Elizabeth Blackwell y otro de James Warbase publicados en 1902 y 1909 respectivamente. Es interesante que el primero, el publicado en 1902, fue escrito por una mujer, quien, a su vez, fue la primera mujer que se graduó de médico en una universidad de los Estados Unidos de América. En la antropología los estudios médicos habían encontrado un pequeño eco y se habían establecido una área reciente (Canesqui, 1994, 1995). Y en la psicología para esos mismos años se daba el inicio del psicoanálisis, Freud había publicado al inicio del siglo su Intepretación de los sueños y El Chiste y su relación con el inconsciente, pero de manera relevante había analizado la histeria con el famoso caso de Dora y había interpretado la tos y la afonia de esa joven con explicaciones culturales y psicológicas y no fisiológicas (Freud, 1901), todo lo cual marca una nueva orientación de la medicina en relación a la mente humana, que echó las bases para lo que Habermas (1976) considera fue la creación de una nueva "ciencia humana" basada en la autorreflexión. Pero este dominio permaneció en el mundo médico y si bien tuvo gran influencia en la antropología (en Lévi-Strauss,por ejemplo) y en la sociología (en Parson, por ejemplo), se mantuvo como algo distinto de las ciencias sociales y la salud o la medicina.
Pero el desarrollo científico de este tiempo estuvo muy marcado por las décadas de la guerra y entre guerra y no vino a consolidarse como tal y adquirir importancia sino hasta después de concluida la Segunda Guerra Mundial, cuando se establecen las bases teóricas y se establece como campo de ejercicio profesional por la importante contratación que hacen los gobiernos en sus ministerios de salud al personal de las ciencias sociales. Ahora, ¿no sucedió nada durante este periodo? No, si hubo algunos avances, pero estuvo dominado por el personal médico. Si uno toma un ejemplo como el de la Tripanosomiasis americana, uno encontrará que desde el artículo inicial de Carlos Chagas en 1909 hay un esfuerzo por describir la situación social de la enfermedad, lo mismo puede encontrarse en los sucesivos estudios y escritos de Emmanuel Diaz sobre las condiciones sociales en Minas Gerais; en Argentina, Mazza convierte sus estudios e interpretaciones de la enfermedad de Chagas en un asunto subversivo para la estructura agraria latifundista dominante en su tiempo; y Romaña – también en Argentina –; o Torrealba y Gabaldón, en Venezuela, se dedican a analizar las condiciones sociales de la vivienda y la transmisión de la enfermedad. Pero, por su manera de abordarlo no pretenden establecer un campo teórico, sus escritos más bien son una demanda, un llamado de urgencia por la necesidad de unos saberes que ellos no disponían por formación y que solo su grandeza humana y científica los llevaba a invocar y requerir.

El aporte inicial de definición del campo

Quizá el aporte central en la definición de este campo teórico lo constituyó el análisis que hizo T. Parsons de la relación entre el médico y el paciente como una estructura social. Este capítulo de su libro El sistema social (1951) tiene un gran impacto tanto por la difusión y relevancia que el propio libro tiene en la sociología, como por ser una construcción teórica desde el campo de la sociología y no desde la perspectiva médica. Ciertamente este capítulo se funda en un estudio previo hecho por un médico, L. J. Hederson, a quien el propio Parsons reconoce al inicio del texto, pero Parsons lo ubica en su teoría de los roles y la desviación para mostrar como ser paciente o ser médico son unos roles sociales que tienen un conjunto de comportamientos expectados por la sociedad y que se le imponen a los individuos, en particular como el rol del enfermo que libera al paciente de sus responsabilidades sociales y no lo culpabiliza de sus faltas u errores y, al mismo tiempo, le impone un conjunto de obligaciones como desear mejorar, buscar a quien lo cure y seguir cuidadosamente las indicaciones dadas por el médico. Por otra parte es la sociedad, a través del médico, quien está en capacidad de darle una legitimidad a ese rol, pues no se trata de estar enfermo físicamente, sino de ser socialmente reconocido como tal por una decisión del sistema médico. Este mismo hecho es interpretado por Parsons en su visión de la desviación en la sociedad: el rol paciente es un rol desviante y al igual que las otras desviaciones cumple una función social importante pues refuerza los comportamientos prescritos, los no-desviantes de la sociedad.
Este análisis de la relación médico-paciente publicada a inicios de los años cincuenta cambió la situación del campo teórico de las ciencias sociales, la salud y la medicina, y abrió un novedoso terreno para las investigaciones y estudios en las universidades y, de manera muy especial, en las carreras de sociología. A partir de ese momento no se trataba de un asunto social tratado por médicos en las escuelas de medicina, sino que tenía legitimidad propia para abrir cursos y propiciar investigaciones en los departamentos de ciencias sociales.
Este proceso se desarrolla durante los años cincuenta y ocurre de manera paralela con una importante expansión del mercado de trabajo en las oficinas de los gobiernos, en los ministerios de salud o en oficinas locales con responsabilidad sanitaria como alcaldías y gobernaciones, así como en las universidades (Cockerman, 2000). La expansión del empleo que ocurre en los años cincuenta, como resultado de la expansión capitalista del momento, permitió emplear una gran cantidad de sociólogos, antropólogos, psicólogos y geógrafos dedicados a la salud, y es así que a fines de la década de los cincuenta había una comunidad importante de científicos sociales dedicados a este dominio y que requería una expresión que tiene lugar a inicios de la década siguiente con el reconocimiento del campo teórico por parte de las asociaciones gremiales que agrupaban, por ejemplo, a los sociólogos, y es así que en 1962 se forma el grupo de sociología médica en la Asociación Americana de Sociología; en 1964, el grupo de sociología médica de la Asociación Británica de Sociología; y en 1966, el Comité de Investigación Número 15 de la Sociología Médica en la Asociación Internacional de Sociología. Este impacto fue menor y retrasado en América Latina, pues no había suficientes profesionales ya que la graduación de profesionales en carreras como sociología, antropología y psicología comenzó realmente en esa década.
A partir de los años cincuenta es que es posible entonces establecer lo que ha sido la construcción del campo teórico y nos parece que es posible a partir de allí identificar tres tendencias sobre las cuales se ha construido este dominio: el primero es una derivación del campo pionero de estudios sobre la medicina, y lo llamaríamos la explicación de lo médico por lo social. Este campo dio entrada a una otra dimensión del campo teórico y es la explicación de la enfermedad por lo social, ya no se trata de comprender o explicar la medicina o el rol médico, sino la etiología social de las dolencias. En tercer lugar, está la aplicación del conocimiento social a la salud, si bien esta dimensión práctica es históricamente previa a la formación del campo teórico, es lógicamente una derivación de lo anterior y tiene, como veremos, un desarrollo paralelo al cognitivo. Finalmente nos referiremos a los cambios que ocurrieron en los años ochenta que llevaron a cambiar el énfasis de la medicina a la salud y que han abierto la discusión sobre la constitución de este campo teórico.

La explicación de lo médico por lo social

Una primera aproximación de construcción del campo teórico estuvo muy marcada por el estudio de la profesión médica y sus distintas facetas en tanto construcción del rol de médico como de la manera por la cual los estudiantes de medicina se iban adaptando a las nuevas exigencias de su desempeño, por un lado con los vínculos sociales que debían establecer con los pacientes y sus familiares, como con el resto de personal médico y paramédicos y, por el otro, con sus propios sentimientos, es decir, con las insensibilidades que debían desarrollar para no sucumbir ante el sufrimiento ajeno (Zola, 1972; Garcia, 1963; Rhodes, 1990; Good, 1994; Llovet, 1999; Lolas, 1999).
Un estudio inicial en esta área fue llevado a cabo por Robert K. Merton, junto a G. Reader y P. Kendall sobre los mecanismos de socialización de los estudiantes de medicina (The student-physician, 1957), en el cual se aplicó todos los desarrollos que la teoría funcionalista que el propio Merton había desplegado. Esta tradición continuó con un muy importante estudio llevado a cabo por Howard Becker, junto a B. Geer, E. Hughes y A. Strauss sobre el mismo tema, pero con una metodología completamente distinta, pues se trataba de utilizar la observación participante en un contexto teórico de los inicios del interaccionismo simbólico: Boys in white (1961) representó un importante avance tanto por la fuerza de su descripción como porque echo las bases a desarrollos teóricos y metodológicos de gran relevancia para las ciencias sociales. Anselm Strauss se convirtió en un importante teórico al escribir junto con B. Glazer el texto fundacional de la "Grounded theory", del construccionismo que hasta la actualidad tiene gran peso tanto en la sociología como en la psicología social.
Esta tradición se mantiene y con un esfuerzo mucho más culturalista en la antropología se llevaron a cabo estudios sobre los pacientes y los médicos pero con una perspectiva propia del relativismo cultural que intenta romper con las visiones universalizantes (y etnocéntricas) de algunos estudios sociológicos. El estudio de A. Kleinman (1980) en China sobre los pacientes y los sanadores en el contexto de la cultura introduce importantes conceptos, pero permite una visión distinta del sistema de salud. En una orientación igualmente antropológica y más recientemente, Good y Good (1993) llevaron un estudio sobre la manera cómo se aprendía medicina en la Universidad de Harvard y cómo se aprendían muchas otras cosas en la evolución entre las fases "pre-cínica" y "cínica" de la carrera.
Pero en otros casos el estudio del sistema médico lo que procura es saber como la formación del médico y la estructura del sistema de salud lo que puede es impedir el adecuado tratamiento que debe proporcionar el médico, y como en estudio realizado sobre detección temprana de casos de lepra en Cuba, era saber cómo esos determinantes psicosociales del médico o del paciente podían ser la explicación para el retraso en el diagnóstico (Rojas et al., 1993; 1994).
Otra manera de ver la relación entre los pacientes y los médicos y el sistema de salud ha estado muy marcada por la "teoría del etiquetado", la cual se desarrolló a partir de los años sesenta en los Estados Unidos en lo que se consideró era una continuidad de la escuela sociológica de Chicago. Lo singular de esta aproximación fue que cambió la perspectiva sobre la cual se enfocaban los estudios al modificar el centro de atención del enfermo (o del delincuente, como fue el diseño original) por el del sistema de salud que lo consideraba tal.
Para inicios de los años sesenta H. S. Becker publicó su libro Outsiders (1985) dedicado al estudio de la sociología de la desviación, la cual tenía un componente explicativo y uno predictivo del comportamiento de los individuos. Entre sus premisas básicas estaba el considerar que la desviación no era un acto en sí mismo, sino que era el resultado de una calificación social que exitosamente definía tal o cual comportamiento como desviante, como mal o enfermo. Esta perspectiva de relativismo social tiene sus origenes en las consideración de Durkheim quien en Las reglas de método sociológico (1999) había escrito que una conducta era delito no porque violase unas leyes, sino porque se habían hecho unas leyes que la definían como tal. Es decir, movía el campo de interés a una perspectiva más genética, más explicativa de sus orígenes que de la simple descripción de su funcionamiento. El segundo componente, que es el más conocido, destacaba el hecho que al etiquetar a un individuo su comportamiento tendería a reproducir o, inclusive, aumentar la conducta desviada que había dado origen a la etiqueta, pues, al fin y al cabo, si ya era considerado "malo" podía continuar siéndolo igual o más que antes.
A partir de esta organización teórica tuvo lugar un buen número de estudios que llevaron al área de salud los ejemplos que sobre los fumadores de marihuana o los músicos de danza había explicado Becker en su libro. Quizá el ejemplo más notable fue el de E. Goffmann con su libro sobre el estigma (1963), quien estudia a los paralíticos, ciegos, deformes con labios leporinos, y analiza el comportamiento de estos individuos en el contexto de las colectividades en las cuales viven. Esta investigación marcó una tendencia que aun se mantiene de una manera muy importante en los estudios de hanseniases y leishmaniases muco-cutanea (Castés et al., 1992), enfermedades que pueden producir deformaciones y que con independencia de la gravedad de la lesión obliga a los individuos a una muerte de la vida social mucho antes de la muerte física del enfermo, pues el estigma los inhabilita socialmente aun y cuando pudieran continuar llevando una vida normal desde el punto de vista de su salud. Inclusive, en algunos caos el estigma se concretó en el aislamiento de las personas, como ocurrió con los pacientes de lepra, pero una vez que se decidió eliminar los sanatorios donde vivían dichos pacientes, muchos de ellos no querían regresar a la vida normal, tanto por el miedo a la normalidad como por perder los beneficios secundarios que les proporcionaba su condición de enfermos recluidos (Romero y Rujano, 1995; Ortega y Puga, 1994; Lorena, 1995)
Lo que es muy valioso es que estos estudios cambiaron el foco de interés del paciente o de su relación específica de éste con el médico, para el estudio de todo el sistema de salud que, como los hospitales, permitía comprender como una persona, con algunos problemas de conducta podía convertirla en enfermo mental la institución médica.
Las ciencias sociales también se han ocupado de los hospitales y del sistema de salud, y las perspectivas han sido muy diversas. Hay críticas muy frontales como las que desarrolló Foucault en su libro sobre el nacimiento de la clínica (1973), o como hizo Ivan Illich en su Némesis médica. Hay otros estudios que han procurado comprender los múltiples aspectos del sistema médico y de los hospitales. Un estudio antropológico reciente, por ejemplo, de M-J. Good (1995), se dedica con una fundamentación etnográfica a intentar comprender las posibilidades y limitaciones que tiene la medicina en Estados Unidos para poder ser capaces y mostrar competencia en un medio marcado por una creciente tecnología y un creciente también temor por las demandas legales que pueden derivarse de la mala práctica médica. Otro abordaje fue el de un estudio etnográfico previo, llevado a cabo por E. Goffmann (1970), quien a mediados de los años cincuenta se dedicó a observar la vida de los pacientes en un hospital psiquiátrico de Washington y poder así describir la vida de los internos de esa institución social.
Los sistemas de salud han sido objeto de un estudio diferente y ha sido más propio de la ciencia política y de la economía. Realmente antes de los años ochenta y que se iniciara el proceso de reforma del estado, eran pocos los estudios sobre el sistema de salud en una perspectiva institucional distinta a las descritas en el párrafo anterior. Es decir, ya no se trataba más de interpretar la institución social, o las relaciones sociales – de poder y sumisión como las más importantes, que en ella se daban, sino de ubicarlas en el contexto del Estado, sus limitaciones y su posibilidades.
Es asi que un estudio del sistema de salud, encargado del control de la malaria en Tailandia, encontró que la principal oposición a un eficiente control de malaria lo representaba el personal encargado de controlar la malaria, y no por una dimensión cultural sino de la manera cómo se había organizado el servicio de salud que conspiraba contra la eficiencia en el tratamiento. Algo similar ocurrió en Venezuela cuando se cambió un contrato salarial que modificaba la cláusula que decía que debía pagarse viáticos cuando se saliera del lugar de trabajo a cuando se saliera de la oficina del Ministerio, por lo cual se incrementaron los costos de tal manera, que fue necesario restringir las inspecciones entomológicas y los rociamientos con insecticidas.

La explicación de la enfermedad por lo social

A partir de los años setenta se cambia el énfasis en los estudios y las ciencias sociales se dedican a trabajar de manera más marcada en la comprensión de las enfermedades desde el punto de vista social, con una perspectiva que privilegia su etiología social aunque tomando en consideración – en algunos casos más y en otros menos – los factores biológicos. Las diferencias que se encuentran en dichos estudios y que muestran los distintos abordajes de las ciencias sociales radican tanto en el peso que se le otorga a las causas naturales, a lo biológico, cómo al tipo de perspectiva que se asuma en la explicación social, es decir, si el acento es colocado en el comportamiento individual o en las condiciones de la sociedad que se convierte en productora de enfermedades (Barata, 1997).

La enfermedad a través del comportamiento individual

La explicación por el comportamiento individual tuvo mucho éxito pues se trata de una explicación individualista que es fácilmente aceptada por las autoridades de salud y por el personal médico, pero, al mismo tiempo generó un conjunto de críticas tanto por quienes creen en una interpretación colectiva o social, como por aquellos que consideran que se trata de un reduccionismo que distrae el foco de atención.
La más importante o al menos la más difundida de las interpretaciones individualistas tuvo su expresión en lo que se llamaron los estudios KAP (Knowledge, Attitudes and Practices), que fueron utilizados ampliamente por los científicos sociales y luego por el personal médico que consideraba que de esta manera podía cubrir los requisitos sociales de un proyecto de investigación o justificar una posible intervención. Estos estudios se fundaban en la creencia que los conocimientos que una persona podía tener acerca de una enfermedad, sus causas y sus modos de prevención, generaban unas actitudes que luego se ponían en práctica en ciertos comportamientos que ayudaban o no su difusión. La visión es cognitivista y presume que si la persona actúa mal es porque no tiene la información adecuada, porque tiene esa carencia, ese vacío, pero que una vez cubierto, permitira cambiar radicalmente la situación epidemiológica. Esta ecuación podía tener algún sustento en poblaciones con una carencia de información muy grande pero con unas buenas actitudes para incorporarlas, tal es el caso de muchas poblaciones rurales que no disponían de información sobre algunos cadenas de transmisión de las enfermedades o sobre la relevancia de algunos vectores, y que al recibir la información, ésta podía ser fácilmente asimilada, pues eran débiles los conocimientos previo al respecto. Pero no sucede así con otras poblaciones que tienen una saturación de informaciones, múltiples y a veces contradictorias, y donde la nueva información va a entrar en competencia con los conocimientos y prácticas previas.
La falla importante en esta perspectiva nos parece que radica en dos aspectos. El primero es la creencia en lo que P. Freire llamaba la concepción bancaria de la educación, es decir, que la ignorancia es un vacío que como una olla se llena con nuevos contenidos, cuando, en realidad, es siempre una olla llena cuyo contenido debe ser transformado. Y, la segunda, es la creencia que las informaciones deben conducir a las prácticas, a las acciones, y esto es muy evidente que no es así. Muchos encargados de políticas de salud han creído en esta línea de causalidad, pero en general porque se aplica a las poblaciones pobres y poco educadas, a los otros inferiores, pero la refutación mayor a esta creencia son los propios médicos fumadores quienes, disponiendo de los conocimientos, no los traducen en actitudes ni en el abandono de la práctica de fumar. Los estudios culturales y de representación social de la enfermedad han procurado superar esta perspectiva limitada de los KAP (Lépine, 1992; Dobles-Ulloa y Perriad, 1994; Rozemberg, 1994; Méndez, 1995; Alvez y Rabelo, 1998).
Este tipo de explicación ha encajado muy bien con las acciones médicas por su carácter individual y, en ese sentido, la psicología y el trabajo social han sido muy aceptados por los ministerios de salud de los países, pues se ha tratado de hacer más aceptables y eficientes las intervenciones médicas sin cambiar las condiciones sociales, pero sí modificando las conductas de los individuos. Dos tipos de estudios han sido muy importante en este dominio aunque con orientaciones diferentes. Uno es lo que los americanos han llamado estudios de "compliance", es decir, al mundo médico le ha interesado saber porque alguna gente le hace caso y sigue la posología y las indicaciones del profesional y otros lo hacen a media o, simplemente, no lo hacen. Los estudios de compliance son en el fondo unas investigaciones de apego o no a las normas y al poder, pero desde la perspectiva del poder. Lo singular es que se ubican por lo general en el contexto de una cultura que interpreta la salud, la enfermedad y el tratamiento curativo de una manera distinta, con valoraciones diferentes, bien sea porque son completamente inadaptadas a esas circunstancias (Menéndez y de Alba, 1992), como cuando se le pide al paciente que no tiene reloj que se tome la pastilla cada cuatro horas, o porque entran en el mundo de las creencias culturales, como los individuos que creen que el tratamiento presuntivo de la malaria produce impotencia sexual y prefieren el riesgo de la enfermedad al de quedar mal delante de su mujer en la próxima oportunidad.
Una perspectiva distinta ha sido la de los estudios de las razones para la búsqueda del tratamiento médico, es decir, los investigadores se han preguntado por qué algunas personas acuden al consultorio antes que otros, y porque algunos otros ni siquiera nunca asisten. Las explicaciones han sido variadas, pero casi siempre tienden a ser individuales y psicológicas a pesar de tratarse en algunos casos de colectividades, como por el factor género, ya que las mujeres buscan el cuidado médico más y antes que los hombres. Una de las explicaciones, por ejemplo, refiero al proceso mental que en el psicoanálisis se conoce como negación, y en el cual la persona niega la existencia de la enfermedad y no asiste al médico porque tiene la sospecha de que puede estar enfermo, entonces niega lo que quiere afirmar, y lo niega ya que teme mucho a la enfermedad y le resultaría muy terrible aceptarlo. Lo paradójico en este tipo de comportamiento es que se fomenta lo que se quiere evitar, es decir, el retraso en el diagnóstico o en el tratamiento contribuye a hacer más difícil su curación.
De las múltiples críticas a esta perspectiva, nos parece que la más relevante es que la ha apuntado a sostener que una interpretación individualista de la enfermedad tiende a culpabilizar a la víctima de las dolencias, a hacerlas responsables de una situación de la cual ellos son víctimas, son consecuencia y no causa.
Lo que sucede es que en la vida social no es muy fácil diferenciar lo individual de lo colectivo. Por supuesto uno pudiera tomar una perspectiva extrema como la que sostiene Boudon (1979) a partir de Weber (1963) al afirmar con éste que la sociedad no existe como entidad independiente y que solo hay una suma de individuos. Pero los comportamientos individuales siempre están determinados por las condiciones sociales y, al final, siempre son estrictamente individuales. Uno de los aspectos relevantes en esta sutil y compleja diferenciación puede encontrarse en los estudios sobre los llamados "estilos de vida", conceptualización que es muy weberiana por demás. Según esta visión el origen de muchas enfermedades se encuentra en el estilo de vida que llevan muchos individuos: en la manera cómo se alimentan, el tipo de actividad física que realizan, las presiones a las cuales se encuentran sometidos. El punto de difícil abordaje es cómo se interpreta ese estilo de vida, ¿es acaso una forma individual de vida? O, por el contrario, ¿es ese estilo de vida una consecuencia de ciertas imposiciones sociales? El asunto no es sencillo, pues congrega ambas dimensiones, pero mucha de la orientación norteamericana, por ejemplo, tiende a considerar que es un asunto personal exclusivamente y de los malos hábitos de los individuos (Knowles, 1977), lo cual puede ser verdad a lo interno de un grupo social, pero los pobres latinoamericanos no pueden escoger libremente el tipo de alimentación que desearan tener, ya que la pobreza les impone cantidad de limitaciones que restringen su libertad de elección, y por lo tanto debe considerarse como un asunto colectivo y no individual.

La enfermedad a través de las condiciones sociales

Como asunto colectivo la enfermedad ha sido tratada desde muy diversos ángulos. Todos insisten en que no se trata de lo que hace o deja de hacer un individuo, sino de las condiciones en las cuáles esa persona se encuentra lo que determina la salud y la enfermedad. Las diferencias radican en cómo se entiende la situación, la escala en la cual se trabaja y, por supuesto, las maneras cómo se interpreta lo social.
Las escalas pueden moverse desde el ámbito microsocial, como sería la familia o la vivienda, pasar por la organización en clases de una sociedad, hasta llegar a la formas de división internacional del trabajo y las condiciones materiales del capitalismo periférico. Pero, en todos los casos, la variable explicativa es de tipo colectivo o estructural, nunca individual, y por eso fueron más propias de la sociología y de la antropología, en unos casos; o de la geografía y politología, en otros.
Una dimensión microsocial muy importante fue el estudio de la vivienda como un factor social que determinaba la transmisión de ciertas enfermedades como la malaria, la enfermedad de Chagas o la leishmaniases. En estos casos son las condiciones de la vivienda, sus cualidades o sus carencias lo que permite u obliga a la exposición al riesgo de contraer la enfermedad. En una zona endémica de malaria se encontró que las familias de las viviendas que no tenían WC dentro de la vivienda tenían más casos de malaria que aquellas que sí la tenían y, en particular, en las mujeres había más casos que en los hombres. En apariencia ninguna de estas variables estaba directamente relacionada con el paludismo, pero el estudio encontró que al no tener WC las personas debían salir fuera de las viviendas para hacer sus necesidades fisiológicas y entraban en contacto con el mosquito vector de la enfermedad, pero, además, las mujeres, por razones de pudor y a fin de evitar ser vistas fácilmente, salían de noche y se internaban más en el bosque, con lo cual aumentaban sus posibilidades de ser picadas por el anófeles transmisor de la malaria (Velásquez y Pérez, 1994).
Algo similar puede encontrarse con los estudios sobre la enfermedad de Chagas y la vivienda, las cuales al tener techo de palma o paja y no tener cubiertas las grietas de las paredes, permitían la presencia del vector de la enfermedad entre los sectores campesinos pobres (Zeledón y Vargas, 1984; Dias, 1985).
La duda aquí ha sido cómo interpretar las condiciones en las cuales estaba la vivienda, ¿podía pensarse que no tenían WC a lo interno de la casa, o tenían techo de palma porque las personas carecían de recursos financieros para cambiar estas condiciones, o era porque en su cultura ambas situaciones eran consideradas normales? Las repuestas son múltiples, los hay quienes creen en una, en la otra o en ambas, pero siempre hay un condicionamiento producto de una circunstancia que es material y social al mismo tiempo (Briceño-León, 1990).
Pero hay explicaciones que son macrosociales por definición, es decir, procuran una interpretación de las enfermedades como el resultado de un proceso social amplio, como, por ejemplo, los procesos de reforma neoliberal, que ha sufrido los países latinoamericanos como producto del llamado Consenso de Washington, y de las tesis que era necesario reducir el tamaño del Estado y, que en consecuencia, han limitado o eliminado los programas sociales y sanitarios de control de muchas enfermedades y restringido la atención médica que antes se ofrecía (Kim et al., 2000; Heggenhougen, 1999). La consecuencia de estos cambios es un resurgir de las enfermedades transmisibles, y es asi que a comienzos de los años noventa se tenía más de sesenta mil casos de dengue en América Latina y a fines de la década eran algo más de seiscientos mil casos, el cambio había sido brutal y, para muchos, la explicación a este tipo de cambio epidemiológico hay que buscarla en la reforma neoliberal que ha empobrecido a la población y deteriorado sus condiciones sanitarias (Farmer, 1999). Este tipo de razonamiento puede aplicarse a muy distintas áreas, al resurgir de la oncocercosis (Ortega y Miranda, 1993), o las condiciones de trabajo o a la reforma de la seguridad social (Laurell, 1997; 2000).
En otros casos se procura una interpretación a una escala menor, es decir, no se busca en la organización macrosocial directamente, sino en la división social que ella produce. En muchos de estos casos el esfuerzo es esencialmente descriptivo, pero no por eso tiene menos vigor, pues, bien por el contrario, es muy contundente en sus resultados. Este podemos decir es el caso del importante Black report sobre las condiciones de salud en Gran Bretaña que mostró como la aparición de enfermedades e incapacidades estaba determinada por la clase social de pertenencia, y la calidad de la vida saludable crecía al mejorar la condición social (Wilkinson, 1986). Este tipo de estudios dio lugar a toda una corriente de estudios sobre la desigualdad social en salud que continúan hasta la actualidad y que muestran la relación entre las diferencias en el ingreso y las condiciones de salud de una población (Candiotti, 1989; Mercer, 1999; Minayo, 2000; Kawachi, 2000).
Pero las condiciones macrosociales no tienen porque interpretarse como desigualdad para que tengan que incidir en las enfermedades, pues hay otras circunstancias también de origen macro que afectan por vía de las movilizaciones de población el cuadro epidemiológico de una sociedad. Estas movilizaciones de población pueden tener su causa en una guerra que obliga a los individuos a trasladarse como soldados o refugiados a otros territorios o migraciones de tipo económico que llevan a las personas a buscar trabajo en áreas distintas a las cuales han habitado. La guerra entre Irak e Iran, por ejemplo, movilizó cientos de miles de soldados a una zona endémica en leishmaniases y provocó una expansión de la enfermedad en Iran cuando los militares regresaron a sus hogares, o los refugiados de Kampuchea, que se calcula fueron para inicios de los setenta en cerca de medio millón de personas, contribuyeron a la difusión del parásito de la malaria P. falciparum que era resistente a la cloroquina, la droga que se utiliza en el tratamiento de la malaria, a través del sudeste asiático (Meek, 1989). Estos refugiados llegaron primero a Tailandia, pero luego, por razones laborales en la explotación y comercio de la minería de piedras preciosas, se trasladaron a Burma y Vietnam, para posteriomente regresar a trabajar en la construcción de las carreteras en Tailandia. La difusión del parásito resistente se expandió aun más por las migraciones laborales y políticas que viajaron a Bangladesh y la India (Prothero, 1989; Singhanetra-Renard, 1993). Pero algo similar puede decirse de la diseminación de la malaria y los movimientos migratorios de guerrilla y refugiados entre Nicaragua y Costa Rica, Venezuela y Colombia o con los movimientos migratorios del poblamiento del Amazonas en Brasil.
Esta perspectiva de tipo macro toma en cuenta la población y el territorio y ha sido un punto de confluencia entre la geografía y la demografía, pero en una escala macrosocial que escapa a la voluntad de los individuos aislados, aunque es un producto de las fuerzas sociales. El estudio de la evolución de la Enfermedad de Chagas en el Estado de São Paulo muestra cómo se relaciona la expansión de la enfermedad con los cambios que se dan en las relaciones sociales de trabajo y la organización y ocupación del espacio de la caficultura (Silva, 1999) e igualmente sucede con la población indígena que originalmente sufría la enfermedad en el territorio que hoy es Bolivia y que luego se expandió hacía el resto del continente (Schofield, 1988).
Ahora bien, hay muchos tipos de movimientos poblacionales que pueden tener efecto sobre la situación de la salud de la población y que son diarios, semanales o estacionales (Prothero, 1989) y que, en algunos casos, están muy relacionados con hechos culturales. En una zona endémica de malaria en Venezuela se encontró que los protestantes sufrían más la enfermedad que los católicos, la preferencia de los mosquitos por determinada religión no podía ser la razón, y lo que se encontró fue que los protestantes debían asistir cada noche al culto religioso y por lo tanto desplazarse diariamente desde sus viviendas hasta la iglesia y en el recorrido de ida y retorno eran picados por los transmisores de la enfermedad, mientras que los católicos se encontraban protegidos en la sala de su casa viendo la telenovela.
Por esta necesidad de considerar aspectos tan variados en el análisis de una situación epidemiológica han surgido unas visiones holistas que procuran combinar las variables macrosociales con las microsociales. Una de estas visiones que ha tenido relevancia en las ciencias sociales es la de la ecología humana dedicada a la salud, la cual es una fusión entre la antropología médica y la sociología de la salud. Para algunos autores esta perspectiva tiene tres características que la hacen singular: la primera es la perspectiva propiamente ecológica que considera a las personas como unos seres que forman parte de una medio ambiente y que pueden ser dañados por los cambios que se produzcan en el ecosistema, inclusive en por aquellos que son obra de los propios humanos. La segunda es la comprensión de los patrones locales de salud existentes en cada comunidad humana y que pueden ser muy diversos y, el tercero son los cambios macrosociales que ocurren en el mundo ligados a los procesos de urbanización, modernización y globalización (Foller et al., 1999).

Las ciencias sociales y la salud o las ciencias sociales de la salud

La diversidad y riqueza de este campo teórico, aun en proceso de formación y establecimiento, pueden encontarse en la discusión que durante los últimos diez años ha tenido el Foro Internacional de Ciencias Sociales y Salud. El vínculo entre los dos componentes del nombre: las ciencias sociales por una parte y la salud, por la otra, ha sido el objeto de las discusiones, pues algunos sostienen que la preposición conjuntiva "y" es demasiado débil para describir una relación interdisciplinaria tan rica como la existente y brevemente ejemplificada en las páginas anteriores. Otros sostienen que debiera utilizarse la preposición "para" y se diría entonces "las ciencias sociales para la salud", pues de este modo se mostraría la vocación teorica y empírica de esta práctica profesional. Sin embargo, algunos consideran que en este caso se sigue viendo la relación como algo externo y que debería modificarse radicalmente este planteamiento y debiéramos afirmar la existencia de un nuevo campo teórico que en inglés se llamaría health social sciences y que en las lenguas latinas pudieras construirlo como "las ciencias sociales de la salud" (Higginbotham et al., 2001).
Estas distinciones ya fueron formuladas hace cincuenta años cuando Strauss (1957) planteó la diferencia entre la sociología en la medicina y sociología de la medicina, para subrayar la diferencia entre quienes trabajaban en las escuelas de medicina y hospitales, y quienes hacían sociología de la ciencia o de las profesiones y se ocupaban de la medicina como su campo de estudio, pero que no les interesaba el asunto en sí mismo sino la práctica profesional. Algo similar ocurre con la antropología donde se diferencian la antropología médica de la antropología de la salud (Minayo, 1998). Esta utilización del "de" para señalar el carácter de estudio social de la ciencia y la profesión puede crear confusión con su uso en la traducción del health social sciences, como ciencias sociales de la salud, pues lo que se propone este nuevo campo teórico es algo completamente distinto, se trata de crear un campo subdisciplinar que algunos llegan a sostener que debe incluirse en las facultades de salud como una escuela de estudios similar a las otras allí existentes: medicina, bioanálisis, enfermería... y ciencias sociales de la salud.
Por otro lado estas orientaciones también reflejan los cambios en el énfasis en las asociaciones profesionales, en la Asociación Internacional de Sociología, por ejemplo, el comité de investigación que se había creado en 1966 bajo la denominación de "sociología de la medicina", veinte años más tarde, en 1986, cambió su nombre a la "sociología de la salud", como una muestra del énfasis que quiere darse a su utilización e impacto sobre la salud de la población.
Otro cambio interesante que muestra las nuevas tendencias ha sido la ubicación reciente que han tenido la investigación en ciencias sociales dentro del programa TDR de la Organización Mundial de la Salud. Este grupo surgió en 1974 con el nombre de investigación social y económica y en su última parte estuvo ubicado en la sección denominada applied field research, antes de desaparecer. Pero, recientemente, fue refundado por su nuevo director bajo el nombre de investigación social, economica y del comportamiento, pero, y he allí lo novedoso, fue ubicado en la división de investigación "básica", no en la de aplicada. Lo cual implica una consideración muy importante acerca del rol que debe cumplir las ciencias sociales en la promoción de la salud.

Conclusión

Lo que puede concluirse de los ejemplos de investigaciones que brevemente hemos presentado en las páginas anteriores es que esta es un área de una gran diversidad y con cambios permanentes en su enfoque, en sus áreas de estudio y en su conceptualización. Esta variedad cambiante muestra por un lado la riqueza y fecundidad de este campo teórico, y por el otro, su juventud y casi su inmadurez. Es realmente un campo donde es necesario aun mucho esfuerzo teórico que sea capaz de construir una teorías que permitan agrupar y darle coherencia y sentido a las experiencias de investigación e intervención.
La aplicación de estas investigaciones ha sido igualmente variada y disímil, pues la aplicación es un correlato de lo que se ha escogido como procedimiento para recortar y construir el objeto de estudio. Tenemos así que mucho de los estudios de sociología de la medicina han contribuido a mejorar los curricula de las escuelas de medicina en Colombia o en Estados Unidos (Castro et al., 1999). Los estudios sobre "compliance" han contribuido de manera importante a mejorar la aceptación de los programas preventivos y curativos entre la población; los estudios de relación médico-paciente y de género ha permitido el desarrollo de todo un movimiento de fortalecimiento de los derechos de la mujer y de los enfermos y de lo que se ha dado en llamar con el anglicismo del empoderamiento de los pacientes. También, de manera importante, ha contribuido tanto ha apoyar como a criticar las ideas de la participación comunitaria en los programas de salud (Briceño-León, 1994, 1998; Valla y Stotz, 1993; Valla, 2000). En el nivel macrosocial hay un área que ha tenido un peso muy importante en los últimos años, quizá demasiado, es el análisis económico de la "carga de la enfermedad" (burden of disease) que establece cuántos años saludables de vida (DALYs) se pierden por cada una de las enfermedades y se orientan hacia allí las inversiones en salud porque resulta más costo-efectivo prevenir o tratar tal o cual enfermedad y no la otra (Murray y López, 1996; Akhavan, 2000; Diaz Polanco y Maingon, 1999), pero también, y dependiendo de las posturas teóricas e ideológicas de las personas involucradas, ha sido posible una reflexión y un movimiento político y sanitario que postule de una manera más amplia y humanista la necesidad de la salud como una premisa para el desarrollo (Bonilla et al., 1991; Cardona, 1993; Sen, 1999) o, entre los radicales, el cambio y la revolución social como una precondición para obtener mejores y sostenibles condiciones de salud. La diversidad es evidente.
Una importante contribución que han tenido las ciencias sociales de la salud en la última década ha sido el hacer visible y legitimo el uso de las técnicas cualitativas de investigación. Las técnicas cualitativas han tenido un amplio uso en las ciencias sociales (Minayo, 1994), pero hace veinte años no tenían ningún prestigio en el mundo de la medicina o la epidemiología, hoy en día la situación ha cambiado, y gozan de un respeto y validez importante. Por supuesto que hay estudios cualitativos de muy poco rigor, pero también ocurre lo mismo con los estudios cuantitativos, por lo tanto lo que se ha ganado es una apertura a juzgar las investigaciones por su valor intrínseco y no apriorísticamente por la metodología que utilizan.
Finalmente este campo teórico enfrenta a las tendencias que en la sociedad contemporánea tienden a "medicalizar" toda la vida social, es decir, a interpretar y tratar muchos actos de la cotidianidad y todos los problemas de la sociedad y de la persona como si fueran enfermedades. Pero, en el esfuerzo de construir este campo, se corre el riesgo de irse al extremo contrario e intentar convertir en social o psicológico todas dolencias que afectan a los cuerpos y las mentes. Una visión hipersocializada de la enfermedad no contribuye a que se pueda comprender y tratar mejor a los problemas. El campo de las ciencias sociales de la salud debe ser integrador y comprensivo, y mostrar un balance y una virtud que se midan no solo por la elegancia y armonía de sus teorías, sino por su capacidad de contribuir a hacer mejor la vida de los pueblos.

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Dirección para correspondencia E-mail: bricenoleon@lacso.org
Artigo apresentado em 14/10/2002 Aprovado em 28/10/2002 Versão final apresentada em 5/11/2002
Ciência& Saúde Coletiva
Print ISSN 1413-8123
Ciênc. saúde coletiva vol.8 no.1 Rio de Janeiro 2003

Carta abierta a la Chepa de la Red Informativa de Mujeres

Hermana de las resistencias: no te mueras.
A cien días de tu huelga de hambre, Chepa, te escribimos con todo el respeto que tenemos por tu acto valiente de denuncia de la muerte silenciosa de tu pueblo, con todo el orgullo que tenemos de que tu voz de mujer rebelde, de hija de la tierra, haya superado las diferentes mordazas impuestas por un sistema que sigue siendo genocida de los condenados y condenadas de la tierra, con toda la admiración que sentimos ante tu inquebrantable decisión de hacer valer la palabra y la identidad de tu pueblo.
Desde ese lugar te escribimos para pedirte: no te mueras.
Te lo pedimos por vos, porque es necesario tu testimonio y tu conciencia, tu coraje y tu vida.
Y te lo pedimos por nosotras. Porque si vos te morís de dignidad, nosotras moriremos de vergüenza.
Porque si vos encontrás que la única manera de vivir y de que viva tu mensaje es muriendo, frente a la indiferencia de un gobierno y de un sistema que desprecia a su pueblo, es porque nosotras no encontramos la forma todavía de hacer oír una voz colectiva, fuerte, combatiente, intransigente, que junto a vos exija por todos los derechos: la libertad, pero también el territorio, la identidad, la justicia.
Te pedimos Chepa que no te mueras, y te lo decimos desde nuestra indignación y desde nuestra rebeldía.
Danos la oportunidad de gritar no sólo para que se acabe tu agonía, y puedas vivir en libertad; vos como cada hermano y hermana de tu pueblo que están tras las rejas, o prófugos, o penando en el desamparo, o esquivando a las balas.
Danos la oportunidad de rehacer una demanda colectiva amasada en sangre y tierra, que multiplique tu cuerpo exhausto sin bajar banderas.
No te pedimos Chepa que te rindas. Esto sería imperdonable. Te pedimosque te multipliques. Para eso te ofrecemos nuestros propios cuerpos con disposición a la denuncia, a la pelea, a establecer la urgencia de disparar ternura, contra una sociedad capitalista que mata y saquea, porque es el único lenguaje que expresa su sistema depredador.
Y si finalmente Chepa no llegamos a ser escuchadas en esta vuelta de la historia, queremos que sepas que aquí estamos. Que aquí seguimos. Que continuaremos multiplicando resistencias. Que por cada una que caiga, diez se levantarán.
Liliana Daunes.
Comunicadora feminista.
Argentina
Claudia Korol.
Educadora popular feminista.
Argentina
Fuente: RIMA - Red Informativa de Mujeresde Argentina, Rosario, Santa Fe, Argentina.No deje de visitar nuestro sitio RIMAweb: http://www.rimaweb.com.ar/

Carta de la Red de Mujeres de Valdivia a Presidenta para protestar por situación de Presa Política Mapuche

Dra. Michelle Bachelet Jeria
Presidenta República de Chile
PRESENTE
De nuestra consideración:
La Red de Mujeres de Valdivia, integrada por mujeres de distintos quehaceres, a saber, feministas, profesionales, trabajadoras, organizaciones sociales, sindicales, de derechos humanos y otras, solicita a usted – como otras muchas voces lo han hecho en los últimos días – atender las demandas de Patricia Troncoso Robles, comunera mapuche en huelga de hambre por cien días.
Patricia Troncoso - así como los otros comuneros que iniciaron la huelga de hambre junto con ella - busca mejorar sus condiciones de reclusión; de la misma manera como lo hicieran Bobby Sand y otros 10 republicanos irlandeses que, en 1981 entregaron sus vidas por el mismo motivo. Margaret Thatcher, primera ministra inglesa de la época, fue inflexible. Presidenta, no repita la historia.
No niegue a Patricia el pan ni el agua, no le impida hasta la mínima posibilidad de clamar por su derecho a la vida ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. No niegue, ni a ella ni a su pueblo, su derecho a la tierra, a ser un pueblo. No la cambie de lugar como se cambian las macetas. Piense, la relegación, como nuestra historia reciente, no ahoga los clamores de justicia.
“Ya ni sé cuantos días llevamos de huelga de hambre, donde todos los días se nos va un poco de vida…”, le decía Patricia en su carta del 17 de diciembre. Cien días han pasado y su silencio nos duele y nos avergüenza.
Las mujeres llevamos las escaras de la violencia en nuestros cuerpos y nuestros espíritus y bien sabemos del silencio cómplice. Ese silencio que reproduce una y otra vez la violencia. Hace veinte años, las mujeres – por la vida – caminamos por las calles militarizadas mostrando nuestras manos limpias. Presidenta no las entinte con más sangre mapuche.
Las palabras de reconocimiento y respeto de la diversidad de nuestros orígenes se las lleva el viento cuando no se cumplen las promesas, ignoramos a las otras y los otros, imponemos nuestra verdad y escuchamos sólo a los poderosos y nos olvidamos de los y las que no lo son. Este momento exige a usted y a todos y todas nosotras “mirar nuestras heridas y escuchar lo que ellas dicen”, como escribe la poeta Gloria Anzaldúa. “Debemos poner en la mesa nuestras vidas, nuestras realidades y nuestros mundos con el corazón en la mano”.

RED DE MUJERES DE VALDIVIA
Fuente: "Colegio de Antropólogos de Chile A. G." colegioantropologoschile@gmail.com