miércoles, 3 de septiembre de 2008

SOBRE MOVIMENTO INDIGENA


LOS OTROS COMUNEROS “ASIÁTICOS”

Alberto Adrianzén


En estos últimos días dos hechos han permitido otear, como se dice, el "alma" de algunos sectores sociales y políticos. El primero ha sido lo sucedido con las comunidades nativas, que en opinión de muchos es el despertar definitivo de la selva y la partida de nacimiento de un nuevo movimiento social. El segundo, el quinto aniversario de la Comisión de la Verdad. Ambos temas han mostrado, una vez más, cuán lejos o distantes estamos los peruanos, unos de otros.

Sin embargo, es un error creer que esta polarización es solo política o ideológica. El dato no es tanto la división social que existe en el país sino más bien la beligerancia de un sector que cree encontrar en el actual contexto de franca derechización –y, diríamos, de abierto conservadurismo– la justificación para enunciar sin ninguna autocensura lo que piensa sobre la mayoría de los peruanos.


Y es que en realidad lo que une a estos dos hechos, es que ambos nos remiten a tener una opinión sobre los sectores sociales que están detrás de estos dos acontecimientos. El conflicto de la selva sobre los nativos y el de la Comisión de la Verdad sobre los indígenas que viven en la zona andina. Dicho de otra manera, a los sectores que no forman parte del Perú oficial y que, como diría el presidente García hace unos días, viven en la "galería", en los extramuros de la sociedad.

Por eso en estos días han tenido lugar posturas que no solo se han fundamentado en ideologías, digamos reaccionarias, llámense neoliberales o militaristas, sino también en puntos de vista abiertamente racistas que nos dicen que el otro, el que habita en las "galerías", no es igual o, simplemente, no existe. Cuando se discute mezquinamente el número de muertos durante los años de la violencia terrorista –como hacen algunos sectores– lo que se está haciendo simbólicamente no es solo negarle el papel de víctimas a los sectores indígenas sino también su propia existencia. Es como decir, ellos no existen, por lo tanto, no pueden estar muertos. En realidad, se habla así porque estamos hablando de los indígenas que no son iguales al que habla. Es el otro como ausente o como inexistente.

Algo parecido sucede cuando se opina sobre el papel jugado por las comunidades nativas. Gonzalo Zegarra Mulanovich, director de la revista Semana Económica, inicia su artículo titulado "Esclavitud en la selva" (SE, 1135) de la siguiente manera: "¿Hay que preguntarle a los esclavos si aprueban su manumisión?". Para Zegarra, los nativos de las comunidades de nuestra selva son iguales a los esclavos del siglo XIX. Y si bien no es necesario desarrollar los argumentos de Zegarra por la sencilla razón que los nativos no son esclavos, sí interesa resaltar este razonamiento que ve al otro como no igual. Ver al otro como un "esclavo" es un punto de vista extremista, ya que no hay relación más desigual que aquella que existe entre un "hombre libre" y un "esclavo" puesto que son de "naturaleza" distinta. Así lo que tenemos es lo siguiente: los andinos no existen (no están muertos) y los nativos de la selva son una suerte de esclavos.


De otro lado, resulta gracioso (por decir lo menos) que estos mismos sectores califiquen el sistema de votación que hoy existe en dichas comunidades para vender sus tierras de paternalista y contrario a la libertad. En realidad, este es un punto de vista de hipócrita. Si se compara el sistema que impera, por ejemplo, en los balnearios sureños de las playas de Asia, podremos comprobar que este es mucho más restrictivo al que existe en las comunidades de la selva y de las zonas andinas. Los "comuneros asiáticos", por llamarlos de algún modo, "ceden su propiedad" a un Club el cual decide por ellos qué hacer con su propiedad. El asunto es tan restrictivo y tan poco liberal, que es el "Club" el que decide si el propietario de un lote puede alquilar o vender su propiedad a otra persona. La renuncia a la "libertad individual" no puede ser más explícita ya que se subordinan a algo mucho más restrictivo que a los dos tercios famosos para vender sus propiedades: a una pequeña junta directiva que decide por ellos.

Y si los nativos tienen "miedo a la libertad", como dice Zegarra, qué se puede decir de los "comuneros asiáticos" que han optado "libremente" por construir su propio gueto. Sospecho que no es el "miedo a la libertad", sino más bien al otro; es decir, a aquellos que "no murieron" en los años de violencia, porque "no existen", o a "esclavos" que no quieren vender sus propiedades. En fin, gentes que no merecen ser tratados como iguales.

NAVEGAR RÍO ARRIBA. VICTORIA INDÍGENA: NUEVO ACTOR POLÍTICO

Rodrigo Montoya Rojas


Para las comunidades nativas de la Amazonía sus tierras no son chacras o parcelas de una o más hectáreas como en la Costa o en parte de los Andes, sino un territorio entendido como un gran bosque en el que es posible la vida y la cultura. En sus ríos, bosques y quebradas han vivido y viven desde hace quince mil años; bajo sus ríos se encuentra el cielo invertido, poblado de seres míticos. Recuperar una pequeña parte de ese territorio casi perdido, fue posible gracias a una ley de 1974.

Las comunidades no quieren desprenderse de sus territorios, por el contrario, necesitan recuperar nuevas extensiones de lo que fue suyo para sentirse seguros de su propio porvenir. Vender parte de su territorio es una idea enteramente ajena a todos los pueblos amazónicos. Es una convicción para quienes quieren que la inversión privada disponga de todos los recursos nacionales y que el Estado se reduzca a su mínima expresión. Esta es la herencia del fujimorismo y el libreto de los funcionarios del capital. No se trata de una idea original de Alan García. Él, solo renovó el mismo compromiso y trata de multiplicar el número de empresas con sus nuevos amigos o "apóstoles", apelando a la primaria metáfora e insulto del "perro del hortelano": como las comunidades nativas no explotan sus recursos ni dejan que otros las exploten, hay que obligarlas a vender. Esa es la madre del cordero y no la pequeña y menuda historia de unos votos más u otros menos bajo la niebla de una aparente norma democrática "para todos".


Sin información previa, ni consulta alguna con los nativos y nativas, prescindiendo del Congreso, desacatando las obligaciones de su gobierno con el acuerdo 169 de la OIT, Alan García promulgó el paquete de decretos para que los empresarios exploten los recursos de la Amazonía. Tuvo la respuesta que no esperó jamás. Una dirección amazónica que no necesita de asesores ni partidos políticos, que se formó en más de veinte años, acaba de derrotarlo del modo más transparente. La "modernidad" del vender fue vencida por la modernidad de los derechos y la ciudadanía étnica. Pero el señor García no sabe oír, dialogar, tomar en cuenta a quienes no piensan como él, y – menos – perder. Disfrazándose de cordero, ya anunció que quiere un entendimiento para que los lobos se queden con el bosque. Alberto Pizango, líder de la Asociación Interétnica para el Desarrollo de la Selva Peruana –AIDESEP– y su equipo están en guardia y seguramente no dejarán pasar las maniobras que salgan de la Casa de Pizarro, donde gobierna y vive el señor García reproduciendo viejos prejuicios racistas del siglo XVI.

La simpatía con los indígenas rebeldes se multiplica en todo el país a partir de la solidaridad de la ciudad de Bagua porque los amazónicos están en primera línea para defender los bosques, las aguas, los recursos naturales como bienes públicos de todos los que hemos nacido en el suelo peruano.
Enviado por: RED EIB SUR