jueves, 22 de noviembre de 2007

FILOSOFIA INDIGENA ANDINA

Por: Salvador Palomino Flores
(Desde Dinamarca)
La humanidad, desde tiempos remotos, siempre ha estado constituída por infinidad de pueblos con diferentes culturas y lenguas, asimismo que con diferentes modos de vida y de pensar. Las culturas humanas se desarrollaron en cada continente en forma específica y tuvieron sus propias historias y sus propias formas de cambios al devenir. En Abya Yala, esto se conflagró con la irrupción de los occidentales tratando de convencernos de que eran la única historia universal y que su cultura y sus formas de desarrollo eran las únicas formas de ser “civilizados” y “modernos”, ideas y sistema que nos impusieron en forma compulsiva unas veces, o en forma sutil en otras. Sin embargo, dentro de estas diferencias y la afrenta histórico cultural de occidente, la filosofía indígena andina permanece incólume y presenta, desde sus orígenes, la particularidad constante de una observación del cosmos y de la naturaleza, con el consecuente descubrimiento de sus fuerzas, energías y leyes. Por esta razón los indígenas andinos somos cósmicos en nuestra actitud sagrada y telúricos en nuestra diaria convivencia con nuestra sagrada madre tierra.
Presentamos algunos de los principios fundamentales que rigen a nuestra filosofía Indígena:
1.“Somos el microcosmos dentro del macrocosmos”.
Los indígenas andinos, como personas o como pueblos y sociedades organizadas, estamos integrados en el universo participando de sus mismas leyes, movimientos, cambios y de su condición sagrada en toda su integridad. En nuestra concepción somos, pues, infinidad de microcosmos organizados, inmersos y pertenecientes al gran cosmos. En esta situación humanos y cosmos somos una gran familia, veamos nuestro pensar al respecto: Wiraqucha, la energía cósmica reguladora y organizadora de todo lo existente, es nuestro “padre/madre” original. Consecuentemente, en el espacio celeste, el Inti (sol) es nuestro “padre” y la Mama Killa (luna) es nuestra “madre” y todas las Quyllurkuna (estrellas) son nuestros/as hermanos/as. Lo dice una canción entre nosotros: “El sol es mi padre la luna es mi madre y las estrellitas son mis hermanitos”. Y, aquí, en nuestro planeta, la Pacha Mama es nuestra sagrada Madre Tierra. Los árboles y las plantas, así como los animales y todo ser viviente son también nuestros parientes, ya sea como padres, madres o como hermanos/as. Dentro de este gran concierto familiar no podríamos nosotros crear, por ejemplo, ciencia y tecnología que dañe o atente contra la naturaleza, porque así, también dañaríamos a todo ser viviente, incluídos nosotros mismos. Por eso, toda nuestra relación con el cosmos y la sagrada madre naturaleza es siempre de armonía, reciprocidad y convivencia. Y de este espíritu gozan todas nuestras ciencias y tecnologías que muchos lo llaman ecológicas. Nuestra cultura telúrica es reflejo de las leyes y de la condición del cosmos y, por ende, nuestra práctica cultural es seguir, siempre, los caminos del universo.
2. “La Unidad es la pareja”.
Todos los seres y elementos del cosmos, de la naturaleza y de nuestras sociedades y culturas están conceptualizados y organizados, siempre, en una relación de parejas complementarias. La unidad, en nuestro concepto, es una pareja de seres o cosas diferentes en situación complementaria. Ni los seres o entes que a primera vista podríamos catalogarlos como “individuales” se sustraen a este principio. Wiraqucha, la energía universal, tiene en sí mismo, como ya hemos dicho, una categoría dual de “Padre/Madre”, pues por ser nuestro ser sagrado primigenio y principal no puede ser puramente masculino o puramente femenino, sino participar de las dos cualidades de género para ser el ser sagrado venerado por hombres y mujeres que conformamos la humanidad. El sol, nuestro padre, es pareja complementaria con la luna, nuestra madre. El espacio circundante a la tierra, el Hanaq Pacha (“el mundo de arriba”) es masculino y son complementarios con la Kay Pacha (“el mundo de aquí”) o Pacha Mama (madre tierra) que es femenino. Dentro de nuestras vidas sociales y nuestros ambientes geográficos también todo está ordenado o simbolizado por parejas complementarias: La Sallqa, o las alturas, es Urqu y Chiri, masculino y frío, que se complementa con la Qichwa, o los valles, que son China y Quñi, femeninos y calientes. Los barrios o parcialidades de nuestros pueblos son el Hanan, el arriba, y el Urin, el abajo, complementados o unidos por el Chawpi, el centro, donde generalmente están las plazas o las calles principales. Hasta las piedras son machos, Urqu Rumi, y hembras, China Rumi, que según el hermano boliviano Ramiro Reynaga los primeros sirven para los fogones y los hornos, porque no revientan con el calor del fuego, y las segundas para ser talladas y modeladas, porque sí revientan con el fuego.
Los conceptos indígenas claves y que caracterizan este principio son el Yanantin: “en pareja complementaria indispensable (para ser lo que se és, o, coexistir para lo que se ha de hacer), en pareja amorosa o cariñosa”, y el Tinku “encuentro, armonía, complementación”. Estos son pues conceptos filosóficos que surgen de la vida cultural misma de los pueblos andinos, por ejemplo, el matrimonio entre nuestros pueblos, donde no existen ni el patriarcado ni el matriarcado, se llama indistintamente Yananchakuy, “hacerse de una pareja amorosa y complementaria”, y Tinkunakuy, “hacer entre sí, entre sexos opuestos, un encuentro complementario”. Ambos términos reflejan la unión de sexos opuestos en igualdad de condiciones y en plena armonía, y que han de ser al futuro la base social y la base familiar de la Comunidad.
3. “La Unidad en la pluralidad”.
Este principio se complementa con otro que dice: “La igualdad en la diferencia”. En la concepción indígena andina todos los seres y elementos del cosmos y de la naturaleza son infinitamente plurales entendidos entre sí como iguales/diferentes. Esta misma relación cósmica se refleja en las estructuras de nuestras sociedades y culturas. Ejemplos: Al entenderse biológicamente que existen razas en una situación de iguales/diferentes, pues, desechamos el racismo, que es mas bien un concepto y un sistema creado por occidente para oprimir discriminando. Las lenguas del mundo, tan múltiples y variadas, no se conciben entre nosotros como “lenguas superiores” ni “lenguas inferiores”, sólo diferentes. Nuestras sociedades y pueblos en el pasado, tan plurales como hoy, al acceder a la formación de un estado mayor (en lo que llamamos hoy “sudamérica”), confluyeron a la forma confederada, como fueron nuestros estados/naciones del Pusisuyu y del Tawantinsuyu, “La unión de las cuatro regiones del mundo”, que en su espíritu y alma fueron estados plurinacionales, pluriculturales y multilingues, con carácter de sociedades mayores colectivistas y comunitarias.
4. “Colectivismo y Comunitarismo”.
Lo colectivo, en principio, se observa en la naturaleza. Todos los elementos del cosmos están ordenados en una gran organización colectiva, donde cada cosa tiene su lugar, aunque mancomunados entrelazando energías y fuerzas para dar al universo una organización equilibrada y armónica. Aquí, en la tierra, observamos a todas las cosas y a todos los seres en una situación colectiva, donde las plantas y los animales, según sus especies, forman conglomerados y moran en territorios específicos adecuados como su medio ambiente. Estas colectividades del cosmos y de la naturaleza han inspirado o enseñado a los pueblos indios para confluir a la organización social en comunidades (Ayllukuna en los mundos Quechua y Aymara) y practicar el comunitarismo en sus formas de vida y, así, vivir organizados como una continuación del mismo cosmos y de la madre tierra.
Como parte final de esta breve presentación diremos: La filosofía indígena no es resultado de las elocubraciones de un pensador solitario y aislado, como suele suceder dentro del desarrollo de la filosofía occidental. La filosofía indígena y sus principios se encuentran en la vida misma de los pueblos indios, o se descubren con una observación constante de la marcha del cosmos, donde se conocen sus leyes para convertirlos en nuestros guías en la organización colectiva y comunitaria de nuestras vidas.
Enviado por: Wilbert Tapia